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Beto Ortiz,Pandemonio

Mi recuerdo más antiguo es submarino. La Herradura, 1972. Estaba jugando en la orilla con un baldecito y una pala cuando la ola me llevó. Fue el primero de los muchos revolcones que la vida me tenía reservados. Como todavía no entendía muy bien lo que era una ola, me acuerdo que –al escuchar aquel rugido aterrador– lo primero que pensé fue que nos atacaba una ballena como la que se había comido enterito al pobre Pinocho. Acababa de aprenderlo viendo las coloridas diapositivas de mi View-Master: las ballenas se tragaban a la gente sin siquiera masticarla porque no tenían dientes. No había nada qué hacer, nada nos salvaría de acabar buceando en las entrañas de la bestia. Como si fuera una película que hubiera visto ayer, ahora recuerdo con nitidez a la pobre Feli –mi nanny– corriendo hacia mí en cámara lenta con su mandil celeste empapado mientras el mar me arrastra hundiéndome de cara en la arena hasta hacerme masticar muy-muyes crocantes y volviéndome a sacar a flote para avistar, a lo lejos, las hileras de carpitas a rayas azules que los bañistas alquilan para cambiarse o echarse su polvito rapidol. Como quien pesca al vuelo, las gordas manos de un papá que no es el mío me atrapan de un tobillo y me levantan en peso cual baby Aquiles, berreando, tosiendo, manoteando en el aire, de cabeza. La vorágine se ha quedado –como recuerdo– con mi ropa de baño de pingüinitos, de modo que allí me tienen, echando yuyos y agua salada por la nariz, con las rodillas raspadas y el poto al aire. El traumático incidente convence a mi mamá –que es campeona 1952 en los 200 metros estilo espalda– de que ya es hora de matricularme en la academia de Tater, el hijo de Walter "El Brujo" Ledgard, el mismo legendario nadador al que mi maestro Pablo de Madalengoitia –en una entrevista del programa "Esta es su vida"– le trajo como sorpresa desde Hollywood a Johnny Weissmuller, el mismísimo Tarzán. Agarrado de la canaleta en la mal llamada patera –la pileta para niños– descubro las maravillas de abrir los ojos bajo el agua y aprendo todos los secretos del pataleo. Me conviene asistir puntualmente a mis vacaciones útiles porque sé que hay recompensa: una Watt's de durazno y papitas al hilo marca Laurel. Antes de terminar el curso, nos pasan a la piscina grande para entrenar en serio antes de la gran exhibición final. Allí ya no tengo piso pero qué importa. Todo perfecto. Total, ya soy el hombre de la Atlántida. Pero hete aquí que las tribunas llenas desencadenan un pequeño ataque de pánico escénico que me devuelve al horrible estómago del cetáceo. Dicen que, antes de que el instructor me sacara del agua agarrado del elástico del short, mi papá había comentado orgulloso: "El chico está predestinado. Imagínense. Es Piscis, ¿cómo no iba a nadar?"

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Bucear en aguas profundas es lo más parecido a volar. Sophie lo sabe mejor que nadie porque nació en el agua. Es su elemento. Su impecable nadar es congénito y el turquesa espléndido de esta piscina olímpica pone a centellear sus ojazos desmesurados de dibujo animado japonés. Es el verano del 2003 en Hallandale, Florida y me ha tocado ser su nanny. Venimos siempre a la hora del almuerzo, en que –con la salvedad de un aburrido salvavidas cocinándose en lo alto de su torre blanca–, no hay ni un alma emergiendo entre los andariveles amarillos para respirar. Ella camina decidida hasta el borde de ese abismo líquido que la espera y, aferrándose por un último instante a la tierra con los deditos de sus pies, echa una mirada complacida hacia las nubes, (olas lentísimas del cielo) y, sin siquiera titubear –pues tiene agallas– se zambulle en el azul insondable del espejo en que se reflejaba, sin siquiera pestañear. Sumergido a muchos metros, habiendo tocado fondo, aguardo por ella, como quien espera a un difícil ángel submarino, como quien, hundido, espera un milagro con la mirada roja de cloro vuelta hacia arriba. Agotando las reservas de oxígeno, envuelto en el sordo rumor de las ondas, con el soroche al revés que me ocasiona la hondura, la veo de pronto hacer su ingreso jubiloso a nuestro océano privado. Una explosión transparente y aparece triunfal, danzando, extraterrestre, entre burbujas. Ingrávida y anfibia. Renacuajo de sirena. Sirenita de atún Florida. Contemplarte es dejar de temerle por fin al edificio de agua que se alza encima de nosotros. Arriba, en el mundo seco, una tempestad tropical se ha desatado y todos corren sin concierto a buscar refugio debajo de lo que sea. Pero prefiero guarecerme aquí contigo. Respirar se hace superfluo cuando caes en la cuenta de que la tristeza –que es un fuego– también muere con el agua, pescadita.

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En aras de volver a alinear mis machacadas vértebras lumbares, he regresado décadas después a una piscina. Tras mucho buscarla por toda la ciudad he encontrado una perfecta para mí. Perfecta, sobre todo, porque nunca hay nadie y pocas cosas más felices en el mundo que la soledad zen de nadar de noche y sin compañía. En la tienda de artículos deportivos se me ha ofrecido una parafernalia acuática verdaderamente alucinante: aparte de los lentes, los tapones y la gorrita, me explican que se ha puesto en toda moda escuchar canciones de tu i-pod bajo el agua con audífonos waterproof y, no contentos con ponerse aletas, ahora usan también manitas de rana, una especie de manoplas plásticas que hacen las veces de membranas natatorias y te permiten desplazar mayores cantidades de agua al remar. Pero últimamente exhibo escasa paciencia para tamañas cojudeces y antes de que me vayan a ofrecer escamas autoadhesivas, una hélice o un motor-fuera-de-gorda pido la cuenta y me excuso explicando que no pienso cruzar a nado el Canal de Suez, que apenas aspiro a completar 20 largos al día. La música del agua instala en mí una cadencia prodigiosa, un ritmo interior, una extraña disciplina que no he logrado en ninguna de las demás áreas de la vida. El agua me devuelve a mi condición de protozoo, de animalito primario. Aburriéndome como me aburro, a grandes velocidades, de prácticamente todo, me sorprendo al comprobar que mi sencilla rutina de natación pronto se vuelve una especie de rezo, una liturgia silenciosa. Nadar me equilibra, me tranquiliza, me domestica, me reconcilia con todos los misterios de mi inhóspita selva interior. Solo nadando vuelvo a ser un hipopótamo feliz.

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