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El partido político –como lo conocemos hasta ahora– ha muerto. Los que se rehúsan a entenderlo apelan a su sobrevivencia zombie. Olvidémonos que alguna vez tendremos a esas corporaciones de cuadros políticos ideologizados que movilizaban a la sociedad en comités provinciales, células universitarias y gremios campesinos (mano en el pecho: ¿alguna vez los tuvimos?). Aceptemos la realidad: 83% de peruanos no se sienten representados por algún partido (Ipsos). Punto final.

No existen condiciones para ese viejo estilo de práctica partidista. ¿Usted cree que un comerciante informal tiene tiempo e incentivos para ser miembro y aportar con un partido? Y, usted, aunque tuviera tiempo, ¿militaría? Un 66% responde que no. No nos sorprendamos; este fenómeno de desafección partidista ocurre en el Perú, en América Latina y en cualquier parte del mundo. En nuestro país es más grave quizá que en el promedio, pero estamos frente a una tendencia global.

Entonces, solo nos queda reinventar los partidos, cuya necesidad para la democracia es innegable (aunque el 43% señale lo contrario). Su sobrevivencia (y posterior éxito) depende de convertirse en organizaciones ligeras abiertas al independiente (no al militante), capaces de generar identidades (para el seguidor fiel) y causas sociales (para vencer sus 'antis'), y exigir a sus seguidores menos participación asambleísta (pero sí lealtad electoral). Este es el ideal de un partido en un escenario posterior al colapso y podría ser una buena guía para las reformas políticas que se piensen al respecto. Nuestra Ley de Partidos se hizo pensando en las organizaciones políticas del siglo XX y no mirando hacia el futuro. Por eso, este marco legal colaboró, antes que a su fortalecimiento, a su defunción… ayayay.