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La enfermedad es terminal en el caso de Tía María. Solo un milagro podría salvarla. Como Conga, esta es otra inversión perdida, que pudo dar oportunidad de mejorar la vida de miles de familias si se hubiese manejado bien. Los diagnósticos son conocidos. Una transnacional que no supo hacer su tarea social y de prevención. Un grupo radical antiminero que "arrasa con todo a su paso" como una pandemia, una población que se siente engañada y vulnerable, y, sobre todo, un gobierno sin liderazgo y autoridad que no tiene palabra y menos convicción para promover confianza, ingrediente básico en circunstancias de esta naturaleza.

A estas alturas, incluso en la agonía del proyecto cuprífero, el gobierno aseguró, el domingo último, que no dialogará si se mantiene la violencia. Ayer miércoles, los ministros de Agricultura y Energía y Minas son desairados por cuatro autoridades de la región sur, que los dejaron con la palabra en la boca, sin que los enfrentamientos hayan cesado. Este es el resultado de la confusión ideológica que provoca el propio gobernante, quien se desgañitó acusando a los mineros de "vendepatrias" cuando era candidato. Ese mismo hombre, hoy, pretende que le crean cuando asegura que es una buena apuesta para el país. Siembra vientos y cosecharás tempestades. Tía María es otro ejemplo más de pésimo manejo entre las partes. Es la comprobación de la falta de trabajo prolijo entre los involucrados. Quieren actuar cuando la suerte está echada. Todo mal, desde el principio.

En otro plano, Pedro Cateriano habla con todas las fuerzas políticas para buscar la confianza en el Congreso y, cuando su trabajo está a punto de dar mejores frutos, un par de ayayeros del presidente tratan de meter de contrabando una cuestión de confianza 'amarrada' al pedido de facultades. ¿Criollada o intolerancia? ¡El mínimo de confianza ganado arrancado de un plumazo! ¡Basta de estupideces! Aunque falte solo un año, el jefe de Estado debe trabajar en hacer que la palabra tenga un valor real. Que no la siga devaluando.