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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

En 2012, Estados Unidos perdió más soldados por suicidio que en combate. Fueron 349 los militares en actividad que se suicidaron y 229 los muertos en Afganistán.

Como si la reacción suicida constituyera un enigma insondable, el Pentágono ha contratado a los más sofisticados especialistas para que descifren los porqué de tal conducta. Sin pretensiones académicas podríamos adelantar que el entrenamiento militar induce, en quienes son sometidos a él, conductas que a menudo contradicen los mandatos de la naturaleza humana. Ver a otro ser humano no solo como un enemigo, sino como ajeno a la naturaleza que le es propia –en otras palabras deshumanizarlo– no se compadece de las orientaciones actuales de la neurobiología que indica que los cerebros tienden espontáneamente a la empatía. Si bien esa conducta no es propia de una situación de guerra, no quiere decir que la tendencia a considerar al prójimo como tal –sea cual fuere el uniforme que lo cubre– haya sido borrada definitivamente. Si agregamos que esos prójimos, tanto en Afganistán como en Irak –y antes en Vietnam– han sido frecuentemente niños, mujeres indefensas y ancianos, podemos colegir que la herida psicológica que produce la conducta asesina afecta de manera determinante al menos a quienes no fueron totalmente contaminados con el discurso que se trató de grabarles. Complementa la tragedia el comprender que los motivos por los que luchan no son más que una mezquina defensa de intereses económicos y poco tiene que ver con las tonterías que les han contado. Si mintieran menos habría menos suicidas, menos soldados y más seguridad.