Miedo y silencio

"Las escuelas, por ejemplo, que deberían ser el espacio por antonomasia para el intercambio de memorias y la enseñanza de la historia, se han convertido en lugares donde es común que gobierne el miedo".

(Perú21)

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Óscar Rosales
Óscar Rosales

Los peruanos nos pasamos los años discutiendo sobre la importancia de recordar lo que ocurrió durante los 80’ y 90’. Conservadores y progresistas, liberales y fujimoristas, todos coincidimos en que es necesario hacer memoria y conocer el pasado para no revivir sus horrores. Nuestro país, sin embargo, está bastante lejos de haber entablado un diálogo profundo entre quienes tienen recuerdos y experiencias distintas. Lo que ocurre, más bien, es lo contrario: confrontación y silencio.

Las escuelas, por ejemplo, que deberían ser el espacio por antonomasia para el intercambio de memorias y la enseñanza de la historia, se han convertido en lugares donde es común que gobierne el miedo. El año pasado, Francesca Uccelli, Nani Pease, Tamia Portugal y José Carlos Agüero publicaron un libro sobre el tratamiento de las memorias de la época del terror en las escuelas peruanas (Atravesar el silencio, IEP). Aunque hallaron que tanto niños como profesores tienen memorias bastante complejas (los participantes del estudio pertenecían a dos colegios públicos de Ayacucho y dos de Lima), encontraron que los profesores temen hablar y promover la reflexión sobre lo que ocurrió en el periodo de violencia política.

¿Por qué los profesores no querrían hablar sobre el conflicto armado? Entre las varias razones que explican este temor docente está el miedo a ser acusados falsamente por el delito de apología al terrorismo. Y es que, estos últimos años, hemos visto cómo a cualquier persona que exprese una visión del conflicto distinta a la del fujimorismo se le acusa sin razón de hacer apología. Incluso cuando condena explícitamente el terrorismo. Todos hemos sido testigos de cómo historiadores, artistas, estudiantes y hasta víctimas del terrorismo han sido (ellos o sus obras) investigados por el supuesto delito de apología. Los políticos ‒y también autoridades universitarias‒ se valen de este delito para infundir temor, callar a quienes discrepan e imponer sus agendas personales. Incluso congresistas condenados por robar al Estado buscan hacerse los dignos acusando a otros de apologistas.

El diálogo entre memorias distintas, ciertamente, nunca es armonioso ni desprovisto de fricciones. Al contrario, está lleno de roses, tensiones y confrontaciones. Llegar a una memoria consensuada y sin disidencias es un objetivo imposible. Sin embargo, el temor que impone el uso político del delito de apología al terrorismo tiene que ser enfrentado. Ya es momento de preguntarnos si es que su existencia merece la pena. Y, si concluimos que merece la pena, de reformular la definición legal o tomar las precauciones institucionales necesarias para que no sea más un arma de los poderosos contra los disidentes.

El terrorismo, como bien sabemos todos, ha sido uno de los fenómenos más deplorables que ocurrió en nuestro país. Pensar lo que se vivió hace dos décadas, no obstante, no puede hacerse de manera adecuada con un Estado que atemoriza y promueve el silencio. Tampoco con una cultura de vigilancia propensa al terruqueo. El temor al uso político del delito de apología es hoy un obstáculo para que reflexionemos sobre nuestro pasado. Impide que en nuestro país haya un diálogo que enriquezca, incluso en la escuela. Más bien, sirve a quienes buscan anular las memorias diferentes. De las aulas al Congreso y la Fiscalía, nuestra sociedad está entrampada por el miedo. Y eso tenemos que cambiarlo si realmente queremos recordar para no repetir el terror del pasado.

NOTA: Este diario no comparte las opiniones vertidas por el columnista.

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