Con mi taxi no te metas

¿Sabe cuál es el secreto para que lo regulen? Haga las cosas bien y tenga éxito. El Estado no podrá soportarlo.

Con mi taxi no te metas

Con mi taxi no te metas. (Perú21)

Con mi taxi no te metas. (Perú21)

Alfredo Bullard
Alfredo Bullard

Su fiesta acabó tarde por la noche. Tuvo la precaución de no llevar automóvil. Sabía que iba a tomar. Necesita un taxi para ir a su casa.
Está a varias cuadras de una avenida con suficiente tráfico. Tiene que caminar unas diez cuadras. Hay riesgo de que lo asalten o lo atropellen (caminar ebrio genera un riesgo siete veces mayor de morir que conducir ebrio).

La suerte lo acompaña y llega a la avenida. Usa un método tan tradicional como primitivo: levanta el brazo y estira el dedo hasta que un taxi se detiene. El auto está medio destartalado. Si así está la carrocería, ¿cómo estarán los frenos?

Negocia una tarifa generando una fila de taxistas que, cual buitres, esperan ansiosos que el primer taxi cobre tanto que usted se desanime. Se genera congestión. Los automovilistas que detiene su carro tocan el claxon y le gritan más de una grosería.

Se sube. Está demasiado cansado para negociar. El taxi no tiene cinturón de seguridad. El chofer escucha una música abominable a todo volumen. Le pide que lo baje pero no lo hace.

La puerta no tiene manija interna. Recuerda tantas historias de asaltos en taxis. Hasta con pistola. Un amigo suyo le contó que, en una ocasión, estaba muy borracho y se quedó dormido. Amaneció desvalijado en calzoncillos en el Rímac. La Policía le dijo que malos taxistas venden borrachos dormidos a maleantes. Pagan un precio dependiendo de cómo está vestido. Se pone nervioso.

El taxista no sabe la dirección y no tiene Waze. Tiene que guiarlo todo el camino. Al llegar, no tiene cambio de 20 soles. En lugar de pedir disculpas, se molesta con usted por no tener sencillo. Luego de la discusión, le deja los 20 soles. Ya se quiere ir a dormir.

Al llegar a la puerta, se da cuenta de que dejó el celular en el asiento. Trata de correr, pero el taxi ya se fue. Llama a su teléfono, pero ya está apagado. Sabe que nunca lo volverá a ver.

Hoy puede evitarse virtualmente todos esos problemas. Pero no es gracias a la regulación. Los taxis comunes están regulados hace décadas. Pero el remedio no lo trajo la regulación. Lo trajo el mercado.

La brillante idea de aplicaciones para taxis permite resolver todos esos problemas. Los consumidores estamos mucho mejor. Puede tener una mala experiencia. Sí. Pero al menos tiene la posibilidad de identificar quién fue el chofer. Hay mejoras sustanciales que el Estado con su regulación nunca obtuvo.

El Congreso ha aprobado una ley que pretende regular las aplicaciones de taxis. Quiere regular lo que funciona mejor. Lo que funciona pésimo, bien gracias. Debió preocuparse por los taxistas esos que se paran con el dedo. Allí hay más problemas. Pero nunca hizo ni hará nada. Así es el Estado: persigue antes al que tiene éxito que al que da un mal servicio.

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