Con mi sapo no se metan

“La diferencia está en que, de la primera historia solo se ha escrito esta columna, y de la segunda se ha construido una religión que ha logrado meterse en las escuelas”.

Sapo

(Getty images)

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María Luisa Del Río
María Luisa Del Río

Pronto volveré a estar con la señora Julia, una mujer que vive en un pueblo muy chiquito y pobre, de unos 400 habitantes, donde no hay señal de celulares ni transporte público alguno, ni secundaria, ni centro de salud. Cultivan café, lo venden a granel, y el resto de su chacra les sirve para autoconsumo.

Con Julia me pasa siempre lo mismo, en un momento de la larga conversación con la que celebramos nuestro reencuentro (sin alcohol, por cierto), le pido que me cuente una vez más la historia del sapo, y ella lo hace sin dar mayor importancia. Lo cierto es que Julia, hace muchos años, dio a luz a un sapo, delante de sus hijos y esposo. Nadie se explica cómo ocurrió esto, pero todos lo vieron. Dice Julia que se le había hinchado la barriga, lo que la hacía suponer que estaba embarazada. Hasta que una tarde sintió unos cólicos muy fuertes, cuando supuestamente tenía cinco o seis meses de gestación, y corrió a echarse en su cama, pero, antes de llegar, el alumbramiento tuvo lugar y de su vagina salió un sapo grande y feísimo (hay que decirlo) que huyó, dejando un charco de sangre.

“Desde entonces me quedé así flaca para siempre y nunca pude tener más hijos”, me dice, mientras sus familiares asienten. Sus hijos añaden que vieron cómo el sapo se perdía en el monte, alguna se ríe diciendo que es hermana de un sapo, y nadie cuestiona a la matriarca por no haberlo recogido para criarlo. No tienen pena por el sapo. Lo único que añade Julia, ante mis insistentes preguntas, es que esto ocurrió meses después de que ella, estando en su chacra, había orinado en un “ciénago”, como le llaman por esta esquina del mundo a los charcos pantanosos. Entonces, eso me lleva a especular que algún renacuajo oportunista podría haber buscado calor dentro del cuerpo de Julia y desarrollarse en su útero, pero a mis anfitriones no les interesa mucho buscar respuestas, de modo que pronto pasamos a temas más importantes como la eterna promesa de la losa deportiva por parte del alcalde, o la deliciosa gallina que trajo la vecina Celia para el caldo, etcétera.

Supongo que lo que Julia cuenta es científicamente imposible, tanto como lo es que una virgen se convierta en madre biológica. La diferencia está en que, de la primera historia solo se ha escrito esta columna, y de la segunda se ha construido una religión que ha logrado meterse en las escuelas y hospitales de un Estado supuestamente laico, e incluso dentro del cuerpo de las mujeres, negándoles el derecho a no criar al hijo de su violador. Digo nomás.

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