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Los niños que no se defienden son un posible blanco para ser víctimas de bullying. Y los padres de estos niños –más pasivos o tímidos– lo saben y se preocupan. Casi siempre la reacción inmediata es enseñar a estos chicos a pegar, a responder con la misma o peor violencia. Pero el problema está en que, si el niño no tiene una naturaleza agresiva, impulsiva, arrebatada, la consigna de pegar y ser violento no solo no le fluye, sino que lo paraliza. Y termina sintiendo que es débil o inadecuado por no hacer lo que le dicen.

Lo ideal es ir encontrando con él sus propias maneras –auténticas– de irse defendiendo. Si fue agredido por un compañero y no pudo defenderse, primero tenemos que preguntar cómo se sintió el niño, no el padre. Luego podemos ayudarlo a pensar sobre cómo le habría gustado responderle a ese niño. Imaginando el mejor escenario, tratando de hallar esa fuerza que hay dentro de él, podemos ayudarlo a encontrar una manera genuina y propia de defenderse, una que, cuando se vea en peligro, le fluya de forma natural y espontánea. La autenticidad puede ser la mejor arma.