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Mi hijo lujurioso

“Dicen que los perritos terminan pareciéndose a sus dueños: espero que así sea y que el mío tenga más amantes...”.

Mi hijo lujurioso

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Mi hijo lujurioso

Jaime Bayly
Jaime Bayly

Era la una y media de la mañana. Nuestra hija dormía en su cuarto. El perrito estaba tendido en el piso, durmiendo profundamente. Había elegido un lugar donde recibiese el soplo frío del aire acondicionado. Afuera seguía haciendo un calor infernal.

Mi esposa estaba echada a mi lado, mirando su celular. Generalmente mira videos graciosos en Youtube. Le gustan ciertas youtubers que graban mensajes en clave de humor. Se ríe con ellas. Las adora. Son sus amigas virtuales. Me cuenta que ganan fortunas haciendo reír a millones de personas con sus gracias, osadías y disparates. Es un mundo que me es ajeno.

Me acerqué a mi esposa y la besé. Para mi fortuna, me correspondió, besándome como si me autorizara a continuar con la tentativa amorosa. Pero, al cabo de unos segundos, sentimos a un intruso en la cama. El perrito, al escuchar el sonido comedido de nuestros besos, se había despertado, había corrido hacia nuestra cama, subido por las escaleras que hemos colocado para su comodidad e irrumpido, muy coqueto, en nuestro intercambio de afectos. No quería que nos besáramos. Moviendo la colita, se instaló en medio de nosotros y me besó en la boca, apasionadamente, de un modo tan prolongado que no me dejaba casi respirar. Curiosamente, no besó a mi esposa, solo me besó a mí. Mi esposa se deshacía en carcajadas, contemplando tan improbable espectáculo, diciendo que era la confirmación de que nuestro perrito era gay.

Una vez que recibió la dosis de besos y caricias que necesitaba, comprendió que debíamos bajarlo de la cama. Lo hice con delicadeza y ternura. Lo puse sobre la alfombra y alejé su escalera de nuestra cama, de modo que no volviese a interrumpirnos. Luego apagamos ciertas luces y quedamos casi a oscuras, para que pensara que íbamos a dormir. Lo vimos caminar, buscar su lugar fresco frente al aire acondicionado y tenderse en el piso.

Sigilosamente, procurando no hacer ruido, volví a besar a mi esposa, mientras ella espiaba de soslayo al perrito. Pensé que nos dejaría en paz. Supe que me había equivocado cuando ella empezó a reírse. Como las risas y el erotismo no saben cohabitar, no pude seguir besándola. Mi esposa señaló al perrito: estaba en dos patitas, tratando de subir a la cama, mirándonos, vigilándonos, celándonos. Miraba y lloriqueaba, como si nadie en el mundo lo quisiera. Nos reímos. De inmediato, lo subí a la cama y repitió la operación de control y posesión: se instaló en medio de nosotros, separándonos, me besó en los labios, me lamió las mejillas, hizo lo propio con mi esposa, y luego se arrellanó, tan cómodo, allí mismo, en el centro mismo de la cama, como diciéndonos de aquí no me mueve nadie, y si habrá un festín amoroso esta noche, quiero ser parte de él. Mi esposa, entretanto, no paraba de reírse. Le parecía absurdo, desmesurado e hilarante que nuestro perrito no me dejase besarla.

Entonces bajó al perrito, le habló con ternura, lo llevó fuera del cuarto y cerró la puerta. Luego apagó las luces. Procedimos a besarnos sin prisa, tratando de no hacer ruido, como amantes furtivos, clandestinos, como haciendo algo indebido, inapropiado, lo que, por cierto, hacía más placentera la sesión. Nos quitamos la ropa sin atropellarnos, nos acariciamos y, cuando lo mejor estaba por ocurrir, el perrito interrumpió aquellos delicados placeres. Nunca lo habíamos oído llorar así: empezó a aullar como un lobo abandonado en medio del desierto. No lloraba como solía hacerlo cuando quería comida o atención. Esta vez lo hacía de un modo desgarrado, profundo, visceral. Lloraba dando unos aullidos tremendos, el corazón roto, humillado. Aullaba como si nunca más fuese a vernos. Era una voz triste, terrible y condolida, que nos traspasó el corazón. Saltamos de la cama y lo encontramos sentado, aullando, mirando el techo, lanzando unos gemidos prolongados de cachorro de lobo recién alejado de su madre. Lo cargamos, lo abrazamos, lo llevamos a la cama. Nunca lo habíamos oído dar aullidos así. Pensé que se había sentido rechazado, despreciado, malquerido, o era un actor extraordinario, como Uggie, el perrito de The Artist.

Le dije a mi esposa que mejor suspendiésemos los juegos del amor, porque no quería lastimar más los sentimientos del perrito. Ella estuvo en desacuerdo y dijo que el perrito no podía estropear nuestra vida erótica. No se me ocurría qué podíamos hacer para resolver semejante embrollo. Por un lado, el perrito quería estar en la cama con nosotros, mirándolo todo. Pero era imposible hacer el amor con un mirón tan cercano, un fisgón tan celoso. Por otro lado, nos apetecía disfrutar de nuestros cuerpos y era una contrariedad no poder hacerlo solo porque el perrito se había encaprichado en sabotear nuestro amor, exigiendo toda la atención para él. Mi esposa lo cargó, lo llevó a la cama de nuestra hija, lo puso encima de la cama, una cama realmente alta, de la cual no se atrevería a saltar, y cerró la puerta. Volvió a nuestra cama y me dijo: Si llora, que llore. Si aúlla como un lobo, que aúlle. Pero tiene que aprender a darnos nuestro espacio.

Afortunadamente no lo oímos llorar más. Hicimos lo que teníamos que hacer. Tal vez porque habíamos tenido que sortear tantos escollos, el encuentro nos colmó de unos placeres extraordinarios, que acaso superaron nuestras expectativas. Rendidos, exhaustos, nos preguntamos qué sería del perrito. Mi esposa caminó al cuarto de nuestra hija, lo rescató y lo trajo a nuestra cama. El perrito olisqueó todo, husmeó todo, percibió que algo raro e intenso había ocurrido. Por supuesto, olfateó también nuestras partes privadas y nos miró con aire reprobatorio. No parecía molestarle que hubiésemos hecho el amor, sino que hubiéramos prescindido de él.

Horas más tarde desperté y bajé a la cocina para tomar una limonada helada. Ardía de calor. Las últimas noches había sido víctima de unos calores absurdos, inéditos, tanto que necesitaba abanicarme para respirar. Cuando regresé, el perrito había subido a la cama y, aprovechando que mi esposa dormía, estaba sobándose, libidinoso, con una de sus piernas. Me reí, interrumpí su asalto sexual, lo bajé de la cama y lo llevé al cuarto donde estaban sus juguetes. Encontré su muñeca erótica con el orificio apropiado para complacerlo, que habíamos comprado por consejo del veterinario. Poco después estaba montándose a su muñeca.

Ciertas amigas de mi esposa le aconsejan que lo llevemos al veterinario y le extirpen los testículos. Me opongo rotundamente. Quiero que mi perrito sea tan pícaro, calentón y lujurioso como he sido yo. De ninguna manera quiero que sea un eunuco melancólico, un castrato bobo, apocado. Quiero que, como yo, no se prive de nada, y se monte todo lo que quiera montarse, perritas y perritos, si así lo desea. Por lo pronto, ya tiene una novia de su propia raza, en la casa de su cuidadora chilena. La novia es más grande que él, pero por suerte no se deja arredrar y le busca el combate erótico, la refriega genital. Yo he nacido para fumar lo infumable, para preguntar lo incuestionable, para comer los chocolates que otros prefieren evitar con un mohín desdeñoso como si comer hortalizas los hiciera inmortales, para escribir lo que no debería escribirse ni contarse, para celebrar una vasta fiesta de los sentidos, una bacanal o cuchipanda que se prolongue todo cuanto se pueda, porque solo se vive una vez. Dicen que los perritos terminan pareciéndose a sus dueños: espero que así sea y que el mío tenga más amantes de los que yo me he permitido. Y si quiere follarse a un pingüino, una ardilla o un hurón, lo apoyaré sin reservas. Además, y esto lo digo con orgullo, el perrito, mi hijo lujurioso, está muy bien dotado, y eso siempre impone un respeto.

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