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Mónica Delta,Opina.21mdelta@peru21.com

El mandatario tiene poca agudeza, aunque se esfuerza en responder con ironías que no muestran una talla de estadista. Más bien refuerzan un perfil poco brillante que abona a la percepción del que entiende, únicamente, una estructura vertical, como la de un ejército, en la que las órdenes se cumplen sin dudas ni murmuraciones. Eso solo es aceptable en los campos de batalla, pero de ninguna manera en una sociedad democrática. Humala recibió el respaldo de la ciudadanía para conducir nuestros destinos por 5 años, marcados por una hoja de ruta. Pero la tentación de la continuación en el poder, a través de Nadine, es a todas luces una traición al juramento. Su juego de ambigüedades solo le hace gracia a la pareja presidencial, porque es evidente que es poco divertido para los sectores empresariales y políticos del país. Humala debe enfocarse en las prioridades del Perú, pero da la impresión de que no le apasionan tanto como su interés por engordar al Estado, reeditando, en su nostalgia, las peores épocas. Es un momento en el que la estabilidad puede romperse si la confianza se pierde. Hay hechos claros, como la caída de las exportaciones y la reducción del superávit comercial, que deberían ser un campanazo para evitar las timbas con las que se pretende resucitar recetas trasnochadas y fracasadas. Nadine (aunque no despeja su intención de candidatear), ante la ola de criticas, ha dicho, sobre la intención de compra de Repsol, que si los números no dan, no va. ¿Es que Ollanta volverá a caminar derecho? Esperemos, aunque ya las señales han provocado desconfianza en actores económicos. Parece que la luna de miel fue más larga de lo acostumbrado, pero más corta de lo que la pareja presidencial quisiera. Llegó la hora de las verdaderas definiciones.