Si bien es evidente la improvisación en las propuestas políticas del candidato del lápiz, así como la rotunda necedad de los planteamientos económicos e ideológicos expresados en el programa de Perú Libre, puestos en ridículo durante los recientes debates, no todos los peruanos parecen ser conscientes de lo que, en términos materiales, puede significar un gobierno de Pedro Castillo.

Total, la improvisación ha sido el sino de la clase política peruana en las últimas décadas, dirán muchos. Partidos, ideologías y programas pasaron hace años a segundo o tercer plano cuando de votar por un nuevo presidente se trataba, pues una vez en Palacio, o en el hemiciclo –tratándose de congresistas–, mandatarios y bancadas terminaban pareciéndose muy poco a los candidatos por los que se había votado.

Pero en esta oportunidad es el futuro “material” del Perú –tomando prestado el término del historiador Fernand Braudel– lo que está en juego, por obra de un proyecto político que, teniendo de improvisado, representa también la suma de las causas que llevaron a la ruina a una serie de naciones en el siglo pasado y que, en las últimas décadas, algunos caudillos nacionales ávidos de poder han intentado reciclar de distintas maneras, corriendo, no obstante, la misma suerte que sus antecesores del siglo XX.

Todos ellos llevaron la economía de sus países a una bancarrota descomunal, no sin antes haber quebrado el orden democrático e infestado hasta el más mínimo organismo de gobierno con los dineros sucios de la corrupción y la demagogia.

La rigurosa proyección de Apoyo Consultoría que Perú21 publica en esta edición no hace más que confirmarlo. Con Castillo y su Asamblea Constituyente, el Perú terminaría el 2026 con 1′700,000 nuevos pobres, debido a una obvia caída de la inversión privada –a la que todos los días amenaza y asusta con revisar contratos, variar cálculo de impuestos, etc.–, reducción del empleo de calidad e ingresos laborales, y un crecimiento bajo –o derrumbe– del PBI.

Es decir, un eventual gobierno de Perú Libre causaría más daño a los peruanos que la propia pandemia, que bastante ha hecho ya por aumentar la pobreza monetaria en el país. Cifras contundentes. Y contra ellas no habrá improvisación ni demagogia que valga.

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