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Roberto Lerner,Espacio de crianzahttps://espaciodecrianza.educared.pe

Recuerdo doloroso. De los lugares en los que vivió, es el que asocia más con sufrimiento. La maltrataron y marginaron. Era introvertida e intelectual. Su acento y algunas palabras atraían pullas. En tono de reproche rememora que los profesores no hicieron nada. A los 7 fue terrible. Tiene 21. Hablamos sobre la crueldad de los compañeros y la indiferencia de los maestros.

Recuerda preguntas de entonces ¿Por qué sus padres no la cambiaron de colegio? ¿Por qué su padre los llevaba de lugar en lugar, debiendo ella deshacer y rehacer amistades y costumbres? Interrogantes en las que se colaba no poco resentimiento.

Y luego recuerdos de temor extremo. El padre viajaba a una zona de guerra. Angustiosa espera hasta su regreso. Cuando su mamá, por el azar, no estuvo donde estalló un coche bomba. Los alumnos cuyos padres fueron secuestrados. Las discusiones sobre si ella y su madre regresarían a su país hasta que terminara la misión del papá. Su miedo, rabia ante una realidad hostil que no controlaba.

Fragilidad escondida en su memoria de víctima de rechazo y burla. Recordaba cada insulto, las quejas inútiles ante la dirección de la escuela. Súbitamente el tramado de la memoria se reorganizó, los afectos se reubicaron.

Maltrato existió. Pero se tragó todas las emociones que produjeron hechos y posibilidades inmanejables, convirtiéndolos en marginales en el cuento de esa época.

Es así que hechos y emociones se organizan y reorganizan en el relato que da sentido a nuestra existencia. Compartirlo, permitiendo que la atención se mueva sin prejuicios permite asomar cosas muy importantes que habían pasado desapercibidas. No para encontrar la verdad verdadera, sino para hacer las paces con escenarios y actores.