(AFP)
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Aseveran algunos que los argentinos son unos italianos que hablan castellano, se creen tan especiales como los ingleses y son más pesados que los franceses. Esa sardónica descripción visitó mi mente al ver toda la TV argentina tras enterarme de la muerte de Maradona. Solo un pueblo tan neurótico (neurosis: dícese de una enfermedad funcional del sistema nervioso, caracterizada por inestabilidad emocional. Suele generar fobias, hiperactividad, depresión, agresividad, envidia, sentimiento de culpa, dependencias, obsesiones y ansiedad) como el argentino puede buscarle una guerra a Inglaterra, arruinar sistemáticamente a un país tan rico, gozar como masoquistas con la inflación, obsesionarse con el dólar, tener un sempiterno ADN peronista y ser tan proclive a divinizar a personajes tan polémicos y disímiles como Gardel, Evita, el Ché Guevara y ahora Maradona.

Tuve la suerte de ver mucho en vivo a Maradona (lo que no me sucedió con Pelé). Por eso tengo claro que Diego fue muy superior a Messi –¡Maradona daba muchísimo más espectáculo! Era más técnico, aguerrido, pundonoroso y líder– y que estuvo muy cerca de igualar a Pelé (que cabeceaba mucho mejor que Maradona y tenía más fuerza al chutar al arco. Y gambeteaba con las dos piernas, mientras que Diego era un zurdo absoluto. Messi es del nivel de Cruyff).

Por eso entiendo que los argentinos ahora le lloren tanto como futbolista. Pero como persona no valía nada. Era fanfarrón, ignorante, patán, huachafo, insolente y vulgar, además de muy vicioso (Pelé tuvo un origen tan humilde como Maradona y se cultivó en educación, gusto y modales). Eso sin mencionar sus inclinaciones políticas, pues Maradona idolatraba basura como el Ché, Fidel y Chávez.

Como me comentó ayer un amigo, en la lápida de Diego Maradona debería figurar esta sentencia: “Aquí yace un excelente futbolista y un pésimo deportista”.