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Beto Ortiz,Pandemonio

Me dijo que me subiera a su carro y me subí. ¿Total? Yo ya no tenía a nadie en este mundo. Ya no tenía nada que perder.

Serían como las dos o tres de la madrugada y, aunque era primavera, en esa calle de Barranco hacía frío. Salvo el viejo guachimán de la esquina que dormía como un oso, no había ni un alma en toda la cuadra. El barrio andaba bastante tranquilo para ser fin de semana y yo estaba a punto de quedarme dormido de pie cuando el sonido del motor me puso en guardia. Me han pegado tantas veces últimamente que ahora me he vuelto un poco paranoico; al menor ruido me despabilo y miro a todos lados. Cuando Salvador llegó, yo ya llevaba varias horas allí, parado en vano, sintiéndome ridículo con ese coqueto pañuelito celeste amarrado al cuello. ¿Qué digo varias horas? ¡Varios días!, ¡varias noches mosqueándome, como pan que no se vende! Semanas incluso desde que me botaron a patadas de mi casa por atrevido y comencé a llevar esa vida a salto de mata, esa rutina de vagabundo que, por poco, no me mata. Sonará estúpido, pero lo que más rabia me daba de la triste situación en que me encontraba no era el hambre, tampoco las burlas ni el desprecio de la gente. No. Lo peor era el absurdo corte de pelo que me hicieron. De lejos, la más humillante consecuencia de un accidente que pude haber evitado. El mismo día que me echaron de mi casa, un par de fumones me dio la bienvenida a la puta calle haciéndome la bronca en medio del parque Torrepa. Fue mi culpa. Eso me pasó por confiado. Primero se hicieron los buena gente, haciéndome creer que me iban a convidar un anticucho que se estaban comiendo y que olía tan bien, pero apenas me acerqué, los malignos se me fueron encima. Yo, que siempre he sido tranquilo, me batí como un león y, como no pudieron conmigo, salieron disparados los muy maricas, pero, al poco rato, contraatacaron; uno de ellos salió de pronto de un callejón y me empezó a corretear con una lata en la mano. Pensé que sería ácido, lejía o agua hirviendo. Temí lo peor y, por supuesto, corrí, pero no lo suficiente como para evitar que me cayera encima un tremendo chorro de pintura negra. Maldito pastrulo, me cagó. Por más que traté, no pude quitármela con nada y pronto se apelmazó con el pelo y se me formó una especie de costra que, más que una mancha de esmalte, parecía una quemadura. Daba lástima. Ahora, además de vago, parecía un loco de la calle, un leproso.

Anduve así hasta que, un buen día, una señorita se apiadó de mí y me llevó a cortar el pelo. Pero ya no había mucho que pudiera hacerse, así que me raparon sin asco, como quien esquila a una oveja. Parecía que me hubiera fugado de un cuartel o de un manicomio. El remedio era peor que la enfermedad. Pero mejor regresemos al principio: nos habíamos quedado en que Salvador llegaba y se estacionaba con su carro. Una camioneta negra normal nomás como las que todos tienen, igualita a cualquiera de las miles que hay en Lima. Como lo vi dejando en su casa a una chica guapaza con minifalda de cuero y pinta de gitana, lo primero que pensé fue: "Okey, este no es gay", pero me equivoqué. Apenas la chica se metió al edificio, el pendejo de Salvador se quedó mirándome, avanzó despacito hasta donde yo estaba, abrió la puerta del copiloto y, mientras yo lo tasaba con la pálida luz de la cabina, lo escuché decirme: "Sube". Yo me subí de un brinco, ni cojudo. Estaba claro que, con el mal aspecto que me gastaba, una oportunidad como esa no se iba a repetir, así que me acomodé bien tranquilito en el asiento de cuero, puse mi mejor cara de sano y traté de parecer un buen chico. Durante todo el camino hasta su casa, Salvador se la pasó formulándome preguntas, pero también diciéndome cosas bonitas y, de rato en rato, hasta haciéndome cariñito con una mano mientras manejaba con la otra. Yo me dejaba acariciar feliz y, una vez que hubimos entrado en confianza, le correspondí acurrucándome en el asiento y apoyando mi cabecita sobre su pierna. Cuando llegamos, subimos juntos por el ascensor y entré por fin, de lo más modosito, a su departamento. Lo primero que me impresionó fue el inmenso balcón que daba a un parque lindísimo. Guau, –me dije– ¡vivir frente a un parque, el sueño de toda mi vida! Y, al contemplar todos esos árboles bajo la luz de los faroles, tomé una decisión trascendental. Este es el lugar que me merezco, yo me tengo que quedar a vivir aquí.

Y, dicho y hecho, me quedé a vivir aquí para siempre. Entré en su casa con pinta de zarrapastroso esa madrugada y jamás me fui, hice que se acostumbrara a mi cariño y me quedé a vivir con él para toda la vida. Ya va a ser un año desde aquella noche y estoy seguro de que, a estas alturas, él no podría vivir sin mí. Hay que ver cómo me engríe. Llevo una vida de rey. Duermo en su cama. Cuando él se va a trabajar, yo me quedo todo el día durmiendo. Como lo que quiero y cuando quiero. No hace falta decir que ahora estoy gordo, pelucón y hermoso. Tengo mi sillón favorito, mi frasco de golosinas, mi colección de pelotas de todos los tamaños para salir a jugar a mi parque y, en mi camioneta negra, paseamos juntos por todas partes. ¿Quién me viera y quién me ve? Salvador llegó caído del cielo, carajo. Un momentito. ¿No seré yo el que llegó a su vida como un regalo de los dioses? Ese Salvador. Él no lo sabe, pero yo le digo así, en secreto, porque me salvó de la calle, pero, obviamente, él no se llama Salvador. Bah, eso qué importa. ¿Total? Yo tampoco me llamo Charly. Él me puso ese nombre porque fue el primero que se le ocurrió, porque dice que, desde que me vio, le parecí un poquito achorado, ustedes saben, un poquito Charly: acharlado. Mi verdadero nombre me gustaba más, pero, qué más da, creo que hasta lo he olvidado. Esa es mi vida anterior. Ahora ya no soy ese ni quiero serlo. Ahora no me cambio por nadie, ahora sí que me creo un chucha, olvídense, el guapo más guapo del barrio. Sé que nos hemos terminado pareciendo y ahora me he vuelto un alegre cascarrabias, un renegón feliz como él. Creo que he tenido suerte. No está tan mal esto de ser el perro de Beto Ortiz.

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