Matar al colibrí

“Yo salí genéticamente opuesto a él, idéntico a mi madre: delicado, sensible, asustadizo, pusilánime, femenino, afectado”.

Matar al colibrí

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Matar al colibrí

Jaime Bayly
Jaime Bayly

Tuve la mala suerte de ser el hijo mayor de mi padre. Me puso su nombre. Esperó que yo fuese como él: rudo, brutal, pistolero, matón, cazador de animales. Pero yo salí genéticamente opuesto a él, idéntico a mi madre: delicado, sensible, asustadizo, pusilánime, femenino, afectado. Yo era mi madre en miniatura, mi madre sin vagina. Mi padre era una bestia con mi madre, la hacía llorar, y también lo era conmigo: me ponía de espaldas a él, me bajaba los pantalones, se sacaba la correa y me daba correazos en las nalgas. ¿Por qué? Porque odiaba que yo fuese delicado y sensible. Porque odiaba su vida, y cada correazo era una manera desesperada de desahogar su desdicha.

Mi padre era despótico, autoritario, mandón. A mi madre la trataba como si fuese su súbdita, su esclava. La insultaba, le daba órdenes, la hacía llorar. Le hizo doce bebés, de los cuales nacieron vivos diez, yo el mayor de los hombres. Le hacía un bebé cada año y medio. Mi madre era la mujer que lloraba en silencio y rezaba conmigo. Yo la amaba. Éramos inseparables. Nos íbamos a rezar el rosario en latín frente a la virgencita del jardín. Esperábamos con terror a que mi padre llegase del trabajo. Llegaba furioso, se servía un whisky y descargaba su ira en nosotros. Yo le tenía pavor, me escondía de él. La casa era muy grande, me metía en los cuartos de los empleados y me refugiaba con ellos. Ellos me querían como mi padre era incapaz de quererme.

Mi padre sacaba sus armas, las colocaba en la mesa del comedor y las limpiaba con una delicadeza y una minuciosidad que me asustaban, porque parecía un psicópata. Acariciaba sus armas como nunca lo vi acariciar a mi madre. Las tocaba, lustraba, soplaba, les sacaba brillo a las balas. Las armas de fuego tenían un lugar sagrado en su corazón. Yo tenía celos de sus pistolas y revólveres.

Los fines de semana tomaba y tomaba y escuchaba programas de radio en inglés de la BBC. Cuanto más tomaba, más violento e irascible se tornaba, más mezquino y vicioso se volvía. A mí me miraba con desdén, con rabia, con una cólera que yo no entendía de dónde venía, en qué rincón del infierno se originaba. Pero él veía a mi madre en mí, y entonces se impacientaba y quería volverme un hombre rudo, áspero, brutal. Era una causa perdida. Yo no quería, no podía ser como él. Yo era mi madre, completamente mi madre: pío, limpio de intenciones, exento de malicia, devoto en grado sumo. Para vengarse, mi padre me mandaba a limpiar las cacas de los perros. Luego me mandaba a limpiar los carros. Yo obedecía sin chistar porque le tenía pánico, y si osaba poner una cara de disgusto, me arriesgaba a que me diese correazos. Después de recoger las cacas y limpiar los carros, me exigía que fuese a dejar veneno para las ratas y, si encontraba una rata muerta, recogerla y enterrarla. Mi padre sabía que esos encargos eran asquerosos, y por eso me los imponía. Yo solo quería estar en mi cuarto, leyendo. Mi padre quería estropearme el fin de semana, llenármelo de cacas y venenos, y lo conseguía.
También le gustaba hacerme disparar sus armas. Veía a una paloma, un colibrí, me daba su pistola y me decía dispárale. Yo disparaba y casi siempre fallaba, lo que era un alivio para mí, porque no quería matar al colibrí, que me parecía bellísimo. Pero mi padre tenía una puntería maléfica, y mataba al colibrí, a la paloma y a cuanto animal se moviera cerca de él. Cuando entraba algún perro de las casas vecinas, lo despachaba a tiros y luego me exigía que lo enterrase. Cuando venían las palomas, sacaba una escopeta, la cargaba de cartuchos y mataba seis, ocho palomas por disparo. Era una bestia asesina. Necesitaba matar para sentirse bien. Yo no era como él. No quería disparar, no quería matar. Pero mi padre quería que yo fuese un cazador despiadado. Por eso me llevaba a sus cacerías. Le encantaba matar pumas y venados, cómo le gustaba matar venados. Cuando por fin tuvimos a uno en la mira, me exigió que lo matase. No pude apretar el gatillo, me dio pena, fui mi madre en ese momento capital. Mi padre me insultó y mató al venado. Nunca más me llevó de cacería.

Mi padre enloquecía de cólera cuando veía que yo era incapaz de tirarme de cabeza a la piscina, porque yo era tan bobito y cobarde que me daba miedo y me tiraba un panzazo que lo avergonzaba ante sus amigos, todos borrachos, riéndose de mí. Lo que más me dolía era que se burlase de mí con sus amigos. Cuando lo escuchaba riéndose desdeñosamente de mí, llamándome señorita, princesita, mariconcito, me ardían las mejillas de vergüenza y me sentía el niño más odiado e infeliz.

Muy temprano, mi padre me llevaba al colegio. Manejaba deprisa, furioso, encabronado, insultando a los camioneros, diciéndoles cosas racistas, ¡indio de mierda, anda a manejar una llama, una vicuña!, mostrándoles la pistola, el pistolón, amenazándolos con matarlos. Era un camino largo y espantoso, un tormento que duraba una hora, y mi padre descargaba toda su furia asesina en los conductores, a los que sobrepasaba entre insultos. Parecía un hombre trastornado, poseído por el demonio, y lo era. Yo tenía pavor de que matase a algún chofer. No me atrevía a decir una palabra. Me agachaba, me encogía, me ensimismaba, me empequeñecía, trataba de ser invisible, transparente, ausente. Esos viajes al colegio eran una tortura. Cuando por fin llegaba al colegio y me alejaba de mi padre, lloraba para aliviar la tensión del viaje.
Mi padre me amenazaba con meterme en un colegio militar que era un internado. Me decía que a golpes y patadas iban a sacarme todas mis delicadezas. Había que hacerme un hombrecito, y él se encargaría de eso, porque mi madre me había convertido en una señorita, una beata, con sus rezos y oraciones. Mi padre quería dejarme en el internado militar y no verme por meses y recogerme en el verano y sentir que por fin me habían convertido en el hijo macho, machote, que él quería tener. Por suerte no me metió en el internado militar. Quiso hacerlo, pero mi madre se lo impidió, me sacó de la casa cuando tenía trece años y me mandó a vivir con sus padres, mis abuelos maternos. Entonces, recién entonces, comencé a respirar sin miedo.

Con los años, casi todo lo que hice fue una venganza contra mi padre. Nada de lo que yo hacía le gustaba, y no se cortaba en decírmelo, en insultarme y humillarme. Mis primeras columnas en el periódico, cuando yo era todavía menor de edad, le parecían estúpidas, deplorables, risibles, y me lo decía, borracho, siempre borracho. Mis primeros programas de televisión le parecían amanerados, rebuscados, pretenciosos, y me lo decía con lenguaje arrabalero. Mis primeros libros le parecieron asquerosidades, basura, mariconadas, y así me lo hizo saber. Nunca me elogió un libro, una columna, un programa. Todo lo que yo hacía la parecía ridículo, vergonzoso. Nunca me dio un abrazo, me dijo que sentía orgullo de mí. Yo fui su hijo fallido, fallado. Yo fui su hijo genéticamente erróneo, mal programado. Yo fui el hijo que nunca hubiera querido tener, el hijo que le dio tantas vergüenzas y disgustos. Y así se nos pasó la vida, él insultándome, diciéndome cosas mezquinas, rebajándome, yo odiándolo con toda mi alma, evitándolo, escapando de él y su furia asesina.

Por eso, cuando por fin murió, sentí un descanso en mi espíritu. Pero antes pasé por la clínica, le di un beso en la frente y le dije que lo perdonaba.

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