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Esta es una invitación y también una despedida. En este, su modesto Pandemonio nos hemos encontrado durante todos los domingos de los últimos doce años. En esta página me he dado el lujo de redactar las últimas noticias de mi país interior. Y ustedes me premian leyéndolas siempre, pero ya estuvo bueno de distancias cortas, de carreritas de fin de semana. Ahora toca correr la maratón. Y para prepararse, hay que dejar de hacer algunas cosas. Esta columna, por ejemplo, que dejará de aparecer hasta mediados del año entrante. Pero, a guisa de desagravio, les ofrezco un vinito de honor: este viernes 14 a las 8 p.m. vengan a la Feria del Libro Ricardo Palma, en Larcomar, para la presentación de un nuevo libro de crónicas cuyo título rinde homenaje a la frase inmortal de uno de mis más insólitos entrevistados. Creo que es el libro que más redondito nos ha quedado. Léanlo, ¿ya? Ahí nos vidrios. Voy a escribir, ya vuelvo.

Solamente sé escribir contra el reloj.

Hace cosa de 20 años, cuando yo era un joven y empeñoso reportero de los programas dominicales de la tele, mis directores vivían reclamándome que mis comisiones tardaban demasiado, que cuando salía a peinar las calles no regresaba, que mis pesquisas parecían no terminar jamás. Sentado ante una montaña de material de trabajo siempre sentía, inevitablemente, que mi investigación aún no estaba completa, que algo le faltaba. Llegada la temida hora del cierre me asaltaba la misma sensación de que había un dato que me faltaba confirmar, un entrevistado por convencer, una imagen por grabar, un documento clave por conseguir, un testimonio decisivo que escuchar. Siempre fui un dolor de cabeza para los editores de madrugada, el clásico indisciplinado que se amanecía escribiendo a última hora, el último del equipo en terminar su reportaje, el rezagado que durante la pausa comercial atravesaba el canal corriendo, con el casete en la mano y el corazón en la boca, y lo entregaba al control maestro con las justas, unos segundos antes de salir al aire, sometiendo a todos a una feroz descarga de angustia innecesaria.Me pasa lo mismo con la escritura.

Quizás sea que mi vida hasta hoy no ha sido más que una larga comisión periodística. Que se me pasó la mano tomando notas. Que me subí a todos los trenes porque me asaltó el miedo a detenerme, a no tener suficiente tela que cortar. Que me he inventado vistosas coartadas como el anfitrionaje de shows de talentos, de programas concurso, de entrevistas políticas o de habladurías de farándula que me pretextan hacia la vagancia y la extravagancia. Que anduve postergando, por tiempo indefinido, el plazo de entrega porque no me atrevía a sentarme a escribir en serio hasta no estar seguro de que estuviera completa la historia que siempre he anhelado contar.

No haberla escrito todavía es la única razón por la que sería una pena morirme mañana.

Cuando incumples tu deber de escribir, la gente te lo reprocha en cada esquina: y tú, ¿para cuándo? Y te hace sentir más culpable todavía. Entonces todo se convierte en buena excusa. Todo. La enfermedad de tu madre. El exilio. La ruina. La muerte de tu madre. Un escándalo. Una portada. Un aplauso. La enfermedad de tu padre. Las deudas. Los juicios por difamación. El amor. El abandono. La muerte de tu padre. Un premio. Un accidente. Una vergüenza. Pero todo eso se acabó. Ahora que todos han muerto me he quedado sin excusas. Y, de repente, empiezo a sentir que el libro que tiene que haber estado incubándose en mí todo este tiempo se retuerce, se revuelve, patalea, pugna por salir a la intemperie. El embrión ya está completo. La novela. Único hijo que pienso darles. El alien exige nacer. Y lo único que me falta para sentarme de una maldita vez a escribirlo es un ultimátum.

Necesito una pistola en la cabeza.

Necesito que este libro abandone mis entrañas antes de que fermente demasiado, antes de que yo me pudra con él dentro y reventemos. Se trata, entonces, de un procedimiento de urgencia, de necesidad mortal. Entonces, ¿cuándo voy a escribirlo? Es la pregunta que me he hecho todos los días de mi vida. Vuelvo a leerla y me paralizo: y yo, ¿para cuándo? La vida no tiene deadline. O sí lo tiene, pero solo los condenados a muerte conocen la fecha exacta. Yo no. Ignoro cuándo vence mi plazo de entrega y esta angustia me roe el alma. Nada me atormenta más que lo que no he contado todavía.

Tengo un mundo en la punta de la lengua. Tengo miles de páginas atracadas en la garganta. Tengo síntomas de asfixia. Tengo derecho a guardar silencio. Tengo derecho a que me dejen solo. He perdido demasiado tiempo mirando la paja en el ojo ajeno. Diciéndole al mundo cómo debería funcionar, editorializando, predicando, dando consejos acerca de cómo deberían ser las cosas, sermoneando, pontificando. Ahora necesito cerrar un poquito el hocico. Necesito opinar menos y escribir más. Y, sin embargo, tanto periodismo tendría que haberme servido, por lo menos, de gimnasia. Esta es la ingenuidad con que me consuelo: que no estoy de brazos cruzados, que estoy de comisión en mi propia vida, que estoy muy ocupado haciéndome un paciente seguimiento, investigándome. Investigando mis negligencias, mis irregularidades, mis desbalances, mis crímenes de lesa humanidad, mi enriquecimiento ilícito, mi corrupción. Que llevo décadas entrenando para la gran pelea. Pero hoy he decidido que el largo periodo de empollamiento se acabó. Que redoblen los tambores. Que dejen que la cruel multitud se instale en las graderías. Ya estoy listo.

Que me arrojen a los leones.