Hace una semana, el Congreso fue disuelto y no tardaron en salir a marchar llenos de alegría políticos y parte de la población que estaba harta de la irresponsabilidad con la que la mayoría parlamentaria había manejado el Legislativo durante tres años. Sin embargo, la disolución no merece ningún tipo de celebración, sino de vergüenza por parte de los electores, porque fueron ellos quienes con su voto llevaron a candidatos sin escrúpulos al Parlamento. Pero lamentablemente, en la democracia, el pueblo nunca es el culpable, siempre es la víctima.

Durante las celebraciones se vio a Guzmán, Vero Mendoza y Arana marchando con sus afines por el centro de la capital. Aquellos no solo celebran, sino que premian la irresponsabilidad de los electores de no hacerse responsables de las pésimas decisiones que tomaron en las urnas hace tres años. Pero lo peor no es eso, sino que Mendoza y Arana culpan al fujimorismo por la calidad de congresistas que teníamos, pero ninguno de ellos se responsabilizó por haber llevado al Congreso a personas como Rogelio Tucto, quien pidió indultar a Abimael Guzmán; María Elena Foronda, quien contrató a una exemerretista como asistente, o a Justiniano Apaza, quien dijo que los emerretistas eran presos políticos. Pero nada de eso importa, porque ahora solo importa recoger el bolsón electoral que deja el fujimorismo y convencerlos de que voten por ellos usando la misma estrategia que Fuerza Popular: populismo.

Lamentablemente, vivimos en un país en el que sus ciudadanos no se hacen responsables de las decisiones que toman, que se victimizan por los políticos que tienen cuando en realidad fueron sus cómplices al elegirlos. Y los políticos que festejan la disolución no son mejores que los fujimoristas, el populismo es su religión y los ignorantes sus discípulos.

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