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Cuando un homosexual sale del closet, a la primera persona que encuentra es a su mamá. La reacción que tenga ella será determinante: dará valor a sus siguientes pasos o lo hundirá en el miedo y la rabia. La dramática relación entre seis jóvenes homosexuales y sus madres es el tema de la obra testimonial "Un monstruo bajo mi cama". Oír sus historias, verlos comportarse como usualmente sólo pueden mostrarse en la intimidad, no es sólo un acto teatral. Es sobre todo un acto político, una hermosa protesta, una valiente y efectiva forma de activismo. Como dice el director Gabriel de la Cruz, es en el hogar donde se ejerce mayor violencia contra las personas LGTB, así que esta obra "Es una manera de decirle a otras mamás: la sociedad va a ser dura con ellos, pero tú tienes que dar amor". En estas obras testimoniales –como en "Desde afuera", la anterior obra del grupo No Tengo Miedo-, la comunidad LGTB se ve reflejada y legitimada, y el público sale del teatro modificado.

Vivimos épocas de sedientas de hiperrealidad. Mientras la literatura de no ficción y el documental ganan terreno, y consumimos más reality shows que telenovelas, el teatro testimonial impacta a un público acostumbrado al relato confesional de las redes sociales. A inicios del siglo pasado, inspiradas en tradiciones orales africanas, un grupo de dramaturgas norteamericanas dieron inicio al teatro testimonial como una herramienta para llevar al escenario voces silenciadas. En el 2009, la argentina Lola Arias renovó el género con "Mi vida después", una impresionante obra en la que seis jóvenes contaban la historia de la dictadura argentina desde su posición de hijos de víctimas y victimarios. A partir de esta obra, el teatro testimonial ha reverdecido, visibilizando asuntos incómodos de nuestra sociedad: la maternidad real, la trata de personas, la inmigración, etc. Historias que, contadas por sus protagonistas sobre un escenario, nos comprometen con una intensidad a la que la ficción difícilmente llega. Esas voces silenciadas se suben al escenario y queman el teatro con sus testimonios.

El mítico director de teatro Bob Wilson relanzó una pregunta hace poco: "¿El teatro debe ser político?" Si bien ya no se hace teatro comprometido como se hacía en los setentas, Wilson critica a cierto teatro contemporáneo que pretende ofrecer respuestas: "El teatro debe sembrar confusión, no imponer posiciones reivindicativas unívocas". Al aportar una visión del mundo, toda obra es política, pero Wilson cuestiona a aquéllas que se conciben con el fin de transformar la realidad, como es el caso de la mayor parte del teatro testimonial. Siempre será necesario ese teatro esencialmente político, pero lo cierto es que, seis años después de la obra de Arias, el teatro testimonial empieza a mostrar algunos signos de agotamiento. Como herramienta para el activismo seguirá siendo útil, pero para no perder su vigor y su impacto deberá apostar por una dramaturgia abocada a iluminar nuestras contradicciones, desactivar certezas y hacer estallar preguntas en diferentes direcciones. Sólo así esas voces seguirán quemando teatros.