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Voy a ver la obra "Stop Kiss" en el Teatro de la Universidad del Pacífico. Al salir me encuentro con la madre de una amiga lesbiana que también había asistido a la función. La señora está con la cara descompuesta. No puede ni siquiera sonreír cuando se despide de mí. Aunque me ha gustado mucho la obra, no puedo evitar irme del teatro contagiada por su malestar.

La estupenda obra dirigida por Norma Martínez presenta a dos mujeres que se enamoran y son víctimas de una brutal agresión homofóbica. Imagino lo que debe haber sentido la madre de mi querida amiga, al ver la escenificación de la violencia a la que está expuesta su propia hija. Imagino su terror al ver que esta podría ser también insultada, golpeada, humillada por enamorarse de una persona de su mismo sexo. La madre de mi amiga es una mujer buena y sabia, y aunque le debe haber costado, ha acogido con amor la opción sexual de su hija. Pero lo que le muestra esta obra, además de un amor sano y hermoso, es aquello que le debe atormentar secretamente desde el día en que su hija se lo confesó: ¿Tolerará este mundo que mi hija sea diferente? ¿La respetará, le dará los mismos derechos que tienen mis hijas heterosexuales? ¿Cómo voy a protegerla del sufrimiento?

Una sociedad que se escandaliza al ver a dos mujeres besándose más que al ver a un hombre maltratando a una mujer es una sociedad perversa. Decirle a un homosexual que no puede besar en público a la persona que ama es agredirlo. Negarle a alguien el derecho a casarse con la persona que ama es como golpearlo hasta sangrar, como le ocurre al personaje de "Stop Kiss". Decirle que no es capaz de criar a un niño es como golpearlo brutalmente. Agredimos a un niño si le transmitimos que su homosexualidad es una enfermedad. La composición de las familias está diversificándose en el mundo, las mentes se abren y cada vez son más los que entienden que un homosexual no tiene por qué no ser tan buen padre, madre, maestro y líder que un heterosexual. Las creencias religiosas son respetables cuando no se alzan como argumentos de juicio en un asunto que nada tiene que ver con religión sino con derechos humanos. No tenemos derecho a juzgar si nació, se hizo o se deshizo. Nuestro deber es guardarnos nuestra opinión si no nos gusta y luchar para que todos tengamos los mismos derechos. No podemos seguir agrediéndolos con nuestras conductas y leyes discriminatorias. Una sociedad evoluciona si sigue el camino de la tolerancia y la inclusión. No por caridad ni por compasión. Solo por justicia.