Mariana de Althaus: Conocer al enemigo
Mariana de Althaus: Conocer al enemigo

Escritora

José Carlos Agüero cuenta en su libro Los rendidos que un amigo suyo, hijo de senderistas como él, llamado Gonzalo como el líder senderista, se cambió el nombre para huir de esa "marca" que lo hacía sufrir tanto. Pero, "quizá ese tachar marcará aún más, no solo en las palabras y papeles sino en su recuerdo, una mancha infinita", dice Agüero, un historiador que prefiere ir por el camino contrario: escribir un estremecedor testimonio que plantea dolorosas preguntas e ilumina con gran sabiduría el complejo camino que aún tenemos que recorrer para sanar las heridas de la guerra. El libro muestra ese extraño lugar en el que habitan hoy miles de hijos de senderistas, que se debaten entre pedir perdón por sus padres o perdonar a los que los mataron extrajudicialmente. Para seguir adelante sin ocultar su "marca", Agüero reclama su derecho a "Ser víctima por primera vez, para poder tener la oportunidad de perdonar y, luego, rendirme".

El tema del perdón también recorre la estupenda película Magallanes, de Salvador del Solar: un ex militar intenta conseguir el perdón de una mujer violada por militares durante los años del conflicto interno. Cuando tratan de ofrecerle dinero a la víctima, lo que reciben es una de las escenas más sobrecogedoras del cine nacional: una mujer que transmite la profundidad de su herida recuperando el idioma de sus padres, como si este fuera lo único que puede mantenerla firme frente a la humillación y la rabia. Ella tiene un hijo enfermo, es pobre y está sola en el mundo. Pero tiene una cosa: la dignidad de sus ancestros, de su tierra, de su lengua. A ella, a diferencia de la mayoría de mujeres violadas, su victimario le pide perdón. Está en opción de perdonar, y luego rendirse. Quizás así, luego de asomarse al dolor de su enemigo, ella por fin pueda salir adelante.

Hemos superado la guerra, pero las heridas aún no han cerrado. Pero ahí está el revolucionario poder de la literatura y el cine: ayudarnos a comprender al otro, como dice David Grossman en su libro Escribir en la oscuridad, atender a la tragedia de nuestro enemigo. Solo si ambos, mi enemigo y yo, lo logramos, dice Grossman, "podremos derribar las barreras y los detonadores que nos impiden resolver el conflicto". Al mirar la realidad con los ojos del enemigo, esta se vuelve más compleja y completa, y enfrentamos los hechos de una manera más sana. "Y entonces, a veces, seríamos capaces de comprender que esos enemigos demoníacos solo son personas tan asustadas, torturadas y desesperadas como nosotros". Y en ese momento, recién podría aparecer la posibilidad de la reconciliación.