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Un mandil sacude el clóset

“El mandil no es solo un mandil. Lleva un mensaje. Nada justifica la violencia”.

Gloria Montenegro

Las imágenes de miembros del Ejército con mandil rosado han causado polémica. (Foto: Andina)

Un mandil sacude el clóset. (MIMP)

Jaime Chincha
Jaime Chincha

Mientras más pierden el tiempo rebuscando reglamentos y castigos para los mandiles rosados sobre el inmaculado uniforme del Ejército, más mujeres son acosadas, violentadas, asesinadas. La valentía del general Gómez de la Torre fue crucial para ver el pelaje de los homofóbicos. El mandil los ha sacado de sus casillas. Los ha dejado en jaque. El general Gómez de la Torre y la ministra Montenegro lo han logrado. El éxito de la campaña #HombresPorLaIgualdad es indiscutible. Braman, aúllan; se retuercen con el rosado que tanto les asusta. Los “enclosetados” son los más homofóbicos, me dice Susel. Tan cierto.

El mandil no es solo un mandil. Lleva un mensaje. Nada justifica la violencia a las mujeres. Sonará un lugar común, pero esa frase tan poderosa la debemos procesar como sociedad. Los feminicidios, en lo que va del año, han llegado a 75. Esa es la cuestión. Por eso me pongo el mandil. Porque quiero dejarle un país más igualitario a mi hija de 19 y a mi pequeño de 11. Ya sé que el país tiene un montón de otros problemas, pero ¿por qué te resistes a discutir la agresión a la mujer por el solo hecho de ser mujer?

La cosa es que me puse el mandil y no me había fijado, tan en primera persona, la cantidad de machitos de la boca para afuera. Y sí, pues. Que la lucha por la igualdad para las mujeres no avance como se debe, la resisten los que se muerden los nudos. Solitos se delatan en las redes. Ahí está mi foto en el Twitter. Todos con fotos bien varoniles, pero bien atentos a mi cuerpo para dejar comentarios que los delatan. No los reproduciré aquí, aunque ya se imaginarán. Recordé la frase de Susel. Y me temo que el problema está allí. La salud mental de este país está en cuidados intensivos. La violencia de género seguirá clavada en nuestro pecho, mientras el clóset siga hacinado.

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