(Perú21)
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De regreso en su apartamento, Barclays y su esposa escudriñan con espíritu crítico los regalos navideños que han recibido. En tono burlón, la mirada crecientemente desdeñosa, desatada la lengua viperina, Barclays examina los regalos que ha recibido de su madre y sus hermanos: dos libros religiosos escritos por el fundador del Opus Dei, preñados de estampitas amarillentas que se desprenden de sus páginas; un plato de cerámica campestre, ornado de plantas u hojas que parecen variedades de cannabis; una camiseta negra de tela muy delgada que absorbe la transpiración; la novela ganadora del más reciente premio Planeta; una casaca deportiva de alta gama; una camiseta blanca de algodón fino; una novela en inglés; y un libro de cuentos.

Cínico, ingrato, Barclays razona: los regalos que he dado son infinitamente mejores a los que he recibido, he salido perdiendo, ha sido un intercambio desigual, yo soy magnánimo y hasta dispendioso para regalar, pero mi familia practica una austeridad severa para comprar mis regalos. Su esposa Silvana le pregunta cuál es el mejor regalo que ha recibido:

-Sin duda, la casaca deportiva -responde Barclays.

Luego le pregunta a su esposa:

-¿Habrá costado qué, cien dólares, ciento cincuenta?

-Un poco más -dice Silvana-. Doscientos dólares, quizá trescientos.

-Es un buen regalo -opina Barclays-. Se nota que no han querido ahorrar.

Hace una pausa y vuelve a quejarse:

-Los demás regalos son una mierda.

-No digas eso -lo conforta su esposa-. Las camisetas son bonitas.

Barclays discrepa:

-No las voy a usar. No voy a salir a correr. No soy un atleta. Mis hermanos deberían saberlo a estas alturas.

Luego añade:

-Me regalan ropa deportiva porque creen que estoy gordo. Y sí, es verdad, estoy gordo. Pero es una manera sibilina de decirme: estás gordo, deberías salir a correr, por eso te regalo esta camiseta. ¿Has mirado las tallas? ¡XXL! No es un regalo, ¡es un insulto!

-No exageres -dice Silvina.

-Pero, además, ¿cuánto cuestan esas jodidas camisetas? -continúa Barclays-. ¿Diez, quince dólares?

-Veinte dólares máximo -sentencia Silvana.

-¡Una mierda! -se enoja Barclays-. El típico regalo para cumplir, para salir del paso, para gastar lo menos posible.

Silvana procura subir el ánimo de su esposo:

-Al menos los libros se ven interesantes.

-¡No jodas! -se enfurece Barclays-. ¿En serio piensas que voy a leer los libros religiosos de mi madre?

Luego elabora una teoría paranoica:

-Mi madre hace regalos egoístas. No me regala un libro que yo quisiera leer. Me regala un libro que ella quisiera leer, o que ella ha leído y quisiera que yo leyera. Es decir que no piensa en un regalo apropiado para su hijo que es agnóstico, sino en un regalo apropiado para ella.

-Bueno, sí, pero ella solo lee libros religiosos -dice Silvana.

-¡Entonces que no me regale nada! -estalla Barclays-. Porque regalarle un libro religioso a una persona que no cree en la religión es una impertinencia. A ti te gusta el vino, ¿no es cierto? Te encanta el vino. Pero sabes que mi madre no toma vino. ¿Le regalarías una botella de vino a mi madre? No, claro que no. Porque sabes que no lo va a tomar. Es un gran regalo para ti, ¡no para ella!

Barclays procura calmarse. Todas las fiestas de fin de año son iguales: entrega unos regalos espléndidos, los mejores, y recibe regalos de poca monta, que le parecen decepcionantes.

-El libro del Planeta se ve bueno -opina Silvana.

-Sí, Cercas me gusta mucho -dice Barclays-. Pero ¿por qué crees que me han regalado la novela ganadora del Planeta? Porque yo no pude ganar el Planeta, quedé segundo, perdí por un voto, ¡un mísero voto de Marsé, que me costó medio millón de euros!

Paranoico, hipersensible, Barclays prosigue su lamento:

-Mi hermano me regala el premio Planeta para decirme: lee a Cercas a ver si aprendes a escribir como él, quedaste segundo en el Planeta porque no merecías ganarlo, cuando escribas como Cercas entonces vuelve a postular. ¡O sea, quiere humillarme! ¡No es un regalo, es una crítica literaria!

Silvana bebe un poco de vino y pregunta:

-¿Piensas postular de nuevo al Planeta?

-No -responde Barclays-. Ni al Planeta ni a ningún premio. Los premios vienen envenenados.

-No sé si quinientos mil euros son un veneno -dice Silvana.

Barclays no se atreve a decir lo que está en su cabeza: no postulo a premios literarios porque sé que no los ganaré.

-Es raro que tu otro hermano te haya regalado una novela en inglés -dice Silvana.

-Es una manera venenosa de decirme que mi inglés es una vergüenza -dice Barclays.

-No seas perseguido -le dice su esposa.

-Mi hermano tiene un inglés perfecto, sin acento. Por eso me regala un libro en inglés. Para que yo algún día hable inglés tan bien como él.

-Exageras -dice Silvana-. No creo que sea su intención.

-¡No exagero! -dice Barclays-. Su intención es decirme entre líneas: deberías mejorar tu inglés.

-En fin -dice Silvana, abrumada porque su esposo lo ve todo malo.

-En fin -dice Barclays-. Como siempre, la Navidad en familia es una mierda, un estrés. Debimos quedarnos en Miami.

-La próxima Navidad nos quedamos en Miami -promete ella.

Barclays camina a la cocina y come un helado, uno más. Regresa a la sala, donde Silvana evalúa los regalos que ha recibido de la señora Barclays, de los opulentos hermanos Barclays: un traje de baño negro, de una pieza, regalo de su suegra; una toalla de playa y un estuche transparente; vitaminas para evitar la caída del pelo; una camiseta para salir a correr; un par de medias para hacer deportes; una botella de vino francés; y una bolsa plástica con semillas comestibles de chía.

-¡Chía! -se sorprende Barclays, risueño-. ¿Te han regalado chía por Navidad? ¿Quién carajo te ha regalado chía?

-Tu hermano -dice Silvana, y enseguida menciona el nombre oprobioso.

-¿Qué mierda es eso? -pregunta Barclays, riéndose.

Lee: “Chía, semillas orgánicas, suplemento dietético rico en fibra, fuente de ácidos grasosos, dieta legendaria de los aztecas, ayuda a un normal funcionamiento del tracto digestivo, sesenta calorías por ración”.

Barclays suelta una risotada:

-¡Mi hermano te ha regalado chía para ayudarte a cagar! ¿A quién carajo se le ocurre regalar semillas para cagar por Navidad?

-Ni que fuera un canario -comenta Silvana, riéndose.

Contenta de ver a Barclays riéndose, añade:

-Pero la toalla y el estuche para la playa…

Hace un silencio que anuncia la tormenta.

-¿Qué? -pregunta Barclays, curioso.

-Son regalos que no se compran. Te los regalan cuando compras perfumes.

-¡No jodas! -se ríe Barclays-. ¿Cómo sabes?

-Porque fui a la perfumería, compré perfumes para mis papás y me regalaron esa misma toalla y ese mismo estuche transparente -revela Silvana.

-¡Qué hijo de puta mi hermano! -se alegra Barclays-. ¡Te ha regalado cosas que le regalaron por comprar perfumes!

-Al menos si me hubiera regalado también un perfume, no se vería tan mal -dice Silvana.

-¡Son unos tacaños! -dice Barclays-. Si tu objetivo al hacer un regalo es ahorrar, ¡mejor no hagas un regalo!

Silvana camina a su dormitorio y regresa con una toalla de playa y un estuche transparente idénticos a los que recibió de su cuñado.

-Guárdalos -le sugiere Barclays-. Se los regalaremos a mi hermano en su cumpleaños.

Sueltan una risotada cómplice.

-La ropa de baño que me regaló tu mamá no está tan mal -dice Silvana.

-Es de una sola pieza, muy de señora religiosa -critica Barclays-. O sea, lo que quiere mamá es que no te pongas bikini, que no muestres el culo.

Se hace un silencio tranquilo, exento de reproches. Las personas son como son, regalan como regalan, se expresan como se expresan, y es imposible cambiarlas, reformarlas, despojarlas de mezquindad, dotarlas de generosidad.

-He comido demasiado pavo -dice Barclays.

-Yo también -se lamenta Silvana.

-¿Probamos las semillas de chía? -sugiere Barclays, y se ríen juntos.

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