Los dos papas. (Foto: Netflix)
Los dos papas. (Foto: Netflix)

La película de Fernando Meirelles sobre Francisco y Benedicto XVI me gustó por lo que debe gustar, antes que nada, cualquier película: me entretuvo. Pero su aproximación teológica es superficial –Benedicto es ultramontano; Francisco, modernizador: gigantesco lugar común– y su caracterización psicológica de los personajes un tanto maniquea. Benedicto es huraño, malgeniado; Francisco es beatífico y culposo. El incidente de Año Nuevo en que este maltrató a una (imprudente) feligresa basta para desmentir la veracidad de ese guion.

Pero convengamos en una cosa: es una película, no un documental. Por tanto, es ficción. Esta se vale de hechos falsos (o adaptados, incluso tergiversados) para hablar de dilemas antropológicos: los pensamientos y sentimientos que universalmente aquejan al ser humano.

Los dos papas aborda uno de los asuntos más complejos y recurrentes de la humanidad, y más urgentes en el mundo hoy: la diferencia en la unidad. Francisco y Benedicto –los de la película– buscan lo mismo: salvar la Iglesia católica, pero discrepan en todo lo demás, comenzando por sus estilos (confieso, aunque sea impopular y antipático, que me gusta más la austeridad emocional germánica de Benedicto, su profundidad intelectual, su timidez humilde, tan malinterpretada, que el flamboyante buenismo de Francisco, pero los gustos son arbitrarios).

La unidad desde la diferencia solo puede llevar, no digamos a buen puerto, sino, a algún puerto, si hay diálogo, apertura, respeto por el interlocutor. Esa es también la base no solo de la democracia y la economía de mercado, sino de la convivencia. El mundo cada vez más polarizado de las redes sociales nos aleja de esa constatación, tan de sentido común.

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