(Getty)
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Es irónico. En el momento en el que más se habla de los códigos de ética, los valores y el compliance (el cumplimiento de las normas) es en el que más numerosos son los casos de corrupción que se descubren.

Gran parte de todo esto se debe a que existen formas de intervenir las comunicaciones y la otra parte se debe también a que los mecanismos de disuasión no son nunca suficientes, porque quien comete un delito asume casi siempre que “a mí no me van a pescar”.

Por este motivo, incrementar las penas no suele tener un efecto contundente, especialmente cuando existen mecanismos que permiten librase de ellas o, al menos, para reducirlas.

La corrupción no es una novedad, en Roma era una práctica común y un repaso a Historia de la corrupción en el Perú, de Alfonso W. Quiroz, echa por tierra al mismísimo Ramón Castilla y su endiosamiento por haber liberado a los esclavos en el Perú.

Las empresas pueden establecer mecanismos de control, canales de denuncias y lograr que todos aprendan de memoria los códigos de conducta, pero no pueden cambiar aquello que trae el individuo, por naturaleza: las enseñanzas del hogar y la formación en la juventud.

Por eso, si queremos una empresa íntegra, no nos queda más alternativa que contratar a líderes con integridad, a aquellos que sean capaces de dirigir y dar el ejemplo. Lo mismo debe aplicar para los funcionarios del Estado.

Todo lo demás es un parche que se puede quebrar.

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