(GEC)
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Si tienes una escalera enorme que se dobla en cuatro, un depilador de vellos con punta de oro, un cobertor de sillón reversible, una mesita que se desliza para ver televisión mientras cenas, seguramente sufres de insomnio. Si tienes una máquina para ejercicios de brazos, piernas y abdominales, sin ningún esfuerzo, tal vez durante el insomnio comes y tienes sentimientos de culpa. Y si tienes la sartén que fríe sin aceite o compraste el aparato que prepara ensaladas y extractos o el que hace huevos pasados en tres minutos, es que tienes la tarjeta de crédito y el celular muy cerca a la cama, te hace falta un buen libro y no soportas ver la repetición de los noticieros.

Las ventas de este tipo tienen su origen en los mercados tradicionales, donde los inventores o vendedores daban a conocer sus productos al público, anunciándolos y haciendo demostraciones sobre su uso ante la gente que se aglomeraba y tenía una “única” oportunidad para adquirirlos y hacer más fáciles las tareas domésticas. A medida que el público aumentaba se hacía más difícil hacer las demostraciones; apareció la TV y llegó la solución para evitar la aglomeración y que todos tuvieran acceso a conocer las novedades.

¡Grandiosa idea! Llegar rápido a millones de personas. Luego vino Internet, y no solo para entretener. También llegó para que los miles de pacientes que necesitan una cita o intervención no tengan que estar aglomerados haciendo colas desde el día anterior; para que las operaciones programadas se efectúen porque están presentes cirujanos y anestesistas con el material requerido. Para responder consultas y enviar imágenes.

Al Minsa: “¡Llame ya! ¡No deje pasar esta oportunidad! Es el año de la universalización de la salud.


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