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Ricardo Vásquez Kunze,Desayuno con diamantesrvasquez@peru21.com

Hoy, domingo 17 de marzo, Lima vota. Lo hace para revocar o ratificar en su cargo a la alcaldesa Susana Villarán y su Concejo Metropolitano. El voto es aquí la palabra clave pues es la expresión política de la voluntad popular de la ciudad capital y, por tanto, una manifestación del quehacer democrático. Y no es, como en algunos remedos de democracia continental, un voto que no haya sido acompañado de la más absoluta libertad de expresión de las autoridades edilicias para defender su cuestionada gestión, así como de aquellos que pretenden revocarlas.

Tampoco es un proceso carente de todas las garantías institucionales que legitiman democráticamente la voluntad popular. Todo lo contrario. Por lo tanto, a despecho de aquellos que, por obvias razones de simpatías políticas por una de las partes, denuestan la revocación de hoy domingo, lo cierto es que ésta, entendida institucionalmente, es plena y absolutamente democrática. Y, siendo el voto secreto y universal, no necesita expresión de causa alguna como ilusa o interesadamente pretenden algunos políticos y periodistas que se han arrogado el estrafalario papel de "custodios" de la "buena y recta democracia". En otras palabras, no hay buen voto ni mal voto; y ni malos ni buenos ciudadanos en función del voto. Y quien así piensa no es más que un picón, al que no acompañó la Fortuna, o alguien que no tiene muy claras sus convicciones democráticas.

Ha sido recurrente escuchar durante esta corta campaña electoral de consulta popular que la revocación atenta contra la "institucionalidad" gubernamental de Lima. Quienes esto arguyen, otra vez por malicia o ignorancia, olvidan que la revocación es, en sí misma, una institución democrática y constitucional. En suma, un derecho del pueblo a fiscalizar a los gobiernos ediles mediante el voto, de acuerdo con las reglas establecidas y por todos conocidas y que, de más está decir, al alcance de cualquiera que las cumpla, independientemente de los motivos que lo acompañen. Es por demás paradójico que sea hoy la izquierda en el poder municipal, tan a la orden de todo cuanto sea "derechos", la que cuando uno de esos derechos la afecta, pretenda satanizarlo y deslegitimarlo con el sambenito de enemigo de la "institucionalidad". Máxime si el derecho de marras fue "institucionalizado" por esa misma izquierda que hoy lo repudia.

No se trata pues de "institucionalistas" contra "antiinstitucionalistas". Y la verdad es que ambas instituciones saldrán ganando este domingo 17, cualesquiera sean los resultados del voto popular. Si gana el No y se ratifica a la alcaldesa y su Concejo edil, el gobierno de Lima no volverá a ser lo que fue durante estos dos últimos años y que, por los hechos y razones por todos conocidos, generó que la revocación se pusiera en marcha hasta llegar al día de hoy en que el voto ciudadano le pondrá fin. En simple, la institución de la revocación habrá funcionado como el garrote democrático que necesitaba el gobierno de la ciudad para trabajar más y mejor.

Y en caso de que la revocación triunfe, esta institución habrá dado una lección ética y política para que quienes sean elegidos autoridades en el futuro estén convenientemente preparados en el quehacer de la cosa pública y ejerzan el gobierno en función de las prioridades de la agenda mayoritaria de quienes los eligieron y no de acuerdo con sus propias quimeras ideológicas.

Por otro lado, la institución de la revocación saldrá ganando cuando, una vez concluido el proceso electoral, se abra un amplio debate político sobre ella, lo que siempre es saludable para la institución y la democracia.

Dicho esto, sólo invocar para que todos los que somos responsables del futuro de Lima votemos, sin complejos ni miedos de ningún tipo, por lo que creemos que es lo mejor para nosotros y nuestra querida ciudad.