(GEC)
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Por Camila Bozzo

Tras una jornada kafkiana que terminó en una desfachatada repartija del poder, los peruanos vimos, como si de una tragicomedia se tratase, al hoy presidente del Congreso calarle la banda presidencial a un Merino deslucido cuya sonrisa nerviosona (por saberse deslegitimado) ni la mascarilla podía disimular.

Lo del lunes no ha sido más que parte del malhadado capítulo de vaivenes políticos que hemos vivido en el último quinquenio y que parece salido de un libro de Basadre sobre el caudillismo en el Perú poscolonial. Y es que la precariedad de nuestro sistema de partidos de los últimos 20 años finalmente nos está explotando en la cara.

Pero no siempre la política fue tan prosaica en el Perú. Con la Constitución del 79 se estableció un sistema representativo que sentó las bases para la institucionalidad de los partidos. El APRA, AP, la IU y el PPC se convirtieron en partidos sólidos que sí representaban a los ciudadanos. Pero nos fallaron. Cuando llegaron al poder no supieron atender las demandas de una población atribulada por el terrorismo y la crisis económica (Fernando Belaunde y Alan García son un claro ejemplo). Sí, nos defraudaron, y los electores, para castigarlos, acogimos con los brazos abiertos a los outsiders (fujimoris, toledos, ollantas, PPKs y un rosario de congresistas y alcaldes que por su intrascendencia no menciono) y a los partidos o movimientos personalistas que se encargaron de catapultar en el poder a personajes con agenda propia y sin vocación de servicio.

El año pasado, después de lustros, decidimos darle una segunda oportunidad a un partido institucional (a García muchos lo elegimos en el 2006 para evitar que el Ollanta de la camiseta roja se haga del poder), a un partido con propuestas coherentes, con identidad, y capaz de hacer que sus militantes rindan cuentas. O así lo creímos. AP arrasó en las elecciones locales y luego en las congresales. Ya era tarde cuando nos dimos cuenta de que en realidad era más de lo mismo: un partido fragmentado en parcelas de poder, carente de identidad y repleto de advenedizos con intereses personales. La oportunidad de oro fue desechada mientras los peruanos veíamos impávidos cómo Merino y sus secuaces conjuraban en contra de nuestra débil democracia.

A pesar de la desalentadora realidad, las manifestaciones de rechazo hacia lo sucedido el lunes nos demuestran gratamente que hay un sector importante de la ciudadanía que ya no está más dispuesta a arredrarse ante los abusos del poder.

No es momento de abatirse, sino de vigilar a este nuevo gobierno y, sobre todo, a este Congreso que ha demostrado que la libertad y la democracia le saben a nada. De lo contrario, en los próximos ocho meses se van levantar en peso al país. Especial atención merece la política universitaria y la Sunedu, el sistema de pensiones y la elección de los magistrados del TC. Debemos exigirle, además, que la reforma política, aprobada a medias y con cortapisas, continúe. Nos urgen partidos coherentes, con una militancia de calidad y que respondan a un ideario. Solo así las pasiones políticas dejarán de ser las bajas pasiones.