(Foto AP / Jose Luis Magana).
(Foto AP / Jose Luis Magana).

Las imágenes de la toma del Capitolio deben explicar mi pesadilla. Por el bicentenario, en sesión solemne del Congreso recién elegido, tras sesiones de ayahuasca en el Acuerdo Nacional con chamanes con protocolos y restricciones sanitarias –¿se podrá?–, se había decidido cambiar de nombre al país a República del Pero. había calado hondo y se había acordado no recobrar el nombre hasta que lográramos niveles mínimos de discusión sensata y colaboración para dejar la adicción al abismo. Bacán la sinceridad y la búsqueda de cambio, pero me preocupaba la marca país. The But Republic no era un buen fraseo, nos van a trolear con doble t, pensaba.

Para incentivar el cambio actitudinal, la República del Pero iba a tener etapas. La primera había sido reconocida con una sinceridad germana: discusión sin sustento y a gritos. La bandera tenía los pajaritos de Twitter intercalados con signos de improperios en rojo sangre, literalmente chorreando, en una mezcla entre las peleas de gallos y la película de Hitchcock. Como sintetizó la visionaria Monserrat Brugué: “Horrible, oye”. Hacia el final de esta etapa se publicaba el libro De carroña a Carreño, manual para principiantes, y se volvía obligatorio aprobar examen antes de ejercer cualquier cargo público.

Luego vendría la etapa llamada discusión sin sustento, pero educada. Se había especificado reglas explícitas e inflexibles de modales democráticos. La inteligencia artificial había avanzado bastante. La persona que excedía los límites de una discusión alturada recibía dos vibraciones de advertencia y luego una descarga eléctrica suave por cada infracción en una pulsera de uso obligatorio. Nos llamaban una Pavlovcracia. En la bandera los pajaritos dejaban de gotear sangre y su disposición era un poco más armónica, tiraban su feng-shui, según los diseñadores.

Cuando la tecnología permitía detectar falsedades o falacias, entrábamos a la etapa discusión con sustento y razonada. La pulserita ya estaba conectada al sistema nervioso y cualquier trumpita obligaba a la propia persona a interrumpir su discurso 10 segundos cada minuto y pronunciar advertencias como las de los últimos tuits de Trump. A la tercera, cuando no soporta decir lo que de verdad piensa, video que se colgaba instantáneamente en redes sociales y enviaba a la Fiscalía por si las moscas. En la bandera los pajaritos eran reemplazados por las parihuanas de San Martín. Pasado un tiempo prudencial, nos demostrábamos que podíamos dejar la pulserita y seguir discutiendo colaborativamente. Recuperábamos el nombre y los símbolos patrios. Ahí me desperté, aliviado, pero me he quedado con las ganas de armar una start-up para la pulserita.

P.D.: Para los que creen que el virus es conspiración internacional : es broma