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Leamos a Thaler

“Es imprescindible que la ciencia económica vuelva a analizar al individuo, por qué y cómo responde ante incentivos, cómo actúa, etcétera”.

Richard Thaler

Richard Thaler (AFP)

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Juan José Garrido
Juan José Garrido

Hace pocas semanas, la Real Academia de las Ciencias de Suecia confirió el Nobel de Economía al profesor de la Universidad de Chicago Richard Thaler, pionero en la rama conocida como “economía conductual” o “del comportamiento”.

Lo que Thaler señala es, en esencia, lo que venían advirtiendo los economistas antes del boom neoclásico: más que analizar agregados, asumiendo –principalmente– que los seres humanos actúan bajo los mismos principios (racionalidad, para empezar), es imprescindible que la ciencia económica vuelva a analizar al individuo, por qué y cómo responde ante incentivos, cómo actúa, etcétera.

No entraremos –no es el fondo del tema– a filosofar sobre escuelas, pero es importante releer a Thaler, y sobre todo entender cómo podemos aprovechar sus ideas y reflexiones en mejorar distintos aspectos de la burocracia y los servicios públicos en general.

Así, una buena idea sería revisar su lema: “Si quieres que la gente haga algo, para empezar facilítale las cosas”. Sé que suena obvio, pero es increíble la facilidad (y productividad) con la cual el Estado fabrica nuevas maneras de entorpecernos la vida. Pagar impuestos, por ejemplo, o poner controles imposibles de cumplir: ya no se discute la idoneidad, sino la facilidad de hacerlo. Si para pagar impuestos requieres asumir costos excesivos (un contador, por ejemplo), pues no debería llamar la atención el desinterés o la abierta rebeldía.

¿Por qué no podemos usar las tecnologías de información para censar, otorgar un duplicado o renovar ciertas licencias? Australia, por poner un caso, un día decidió cambiar su manera de atender al público usuario de los servicios estatales, y para ello puso a competir al Estado con el sector privado (dándole preferencia a quien mejor pueda brindar el servicio), ¿y cómo les va?

Nos sorprenderá, gratamente, ver los resultados de una reingeniería del aparato público si, en lugar de enfocarlo en las leyes y las penas, lo enfocáramos en el servicio y la facilidad de cumplirlas. Con los índices de informalidad que tenemos, además, no hay mucho que perdamos intentándolo.

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