(Perú21)
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Faltando dos semanas para casarse, Julia sufrió un repentino ataque de nervios y viajó sola a Miami, con la intención de entregarse a unas compras de último minuto. Su novio, Raúl, se ofreció a acompañarla, pero ella se opuso y alegó que necesitaba estar sola. No le dijo lo que más le inquietaba: quizás era una precipitación o un atropello casarse con él. Lo haría no tanto porque estuviera enamorada, sino porque quería tener hijos con un hombre tranquilo, predecible, confiable, como Raúl.

Se habían conocido en circunstancias algo extrañas: Julia, que era gerente de un canal de televisión, había comprado un apartamento y necesitaba amoblarlo, pero antes, como era una propiedad antigua, quería que alguien se ocupase de matar todas las cucarachas, arañas y hormigas que pudieran hallarse agazapadas en sus madrigueras y escondrijos, de modo que contrató al dueño de una empresa de fumigación, Raúl, para que se encargara de aniquilar a esos intrusos tan odiosos. La aversión que Julia tenía por las cucarachas, el pánico que la invadía de solo imaginarse cohabitando con aquellos insectos sigilosos, propició que conociera al meticuloso asesino de cucarachas y otros bichos, Raúl. Mientras duró la fumigación, Julia se mudó a un hotel. Raúl la visitó, tomaron unas copas y se fueron a la cama. Julia era una amante exigente y avezada, se había acostado con los principales figurones del canal, y Raúl no la impresionó demasiado, pero tampoco la decepcionó: le pareció un amante correcto, promedio, cumplidor.

Ahora Julia debía casarse con su prometido, no tanto porque lo amase con pasión sino porque quería tener hijos y fundar una familia, y una crisis nerviosa la tenía en estado de alerta, como si una alarma de su cuerpo se hubiese encendido y estuviera previniéndola de algún peligro inminente. En ese estado de crispación y desasosiego salió Julia del aeropuerto de Miami, saludó al chofer que la esperaba y hablaba con marcado acento cubano y subió a la limusina que había contratado. El hombre debía de tener cuarenta y tantos años y Julia pensó que era atractivo. Luego, conversando, ella lo encontró simpático, ocurrente, hablador, tanto que se rieron de buena gana, como si se conocieran de toda la vida. Llegando al hotel, el cubano se negó cortésmente a recibir una propina, se ofreció a cargar las pesadas maletas, acompañó a Julia a su habitación y colocó las valijas donde ella le pidió. En ese momento, Julia tomó una decisión que cambiaría su vida: miró al cubano como si no fuera a casarse, como si fuese una mujer libre, sin compromisos ni ataduras, cerró la puerta y lo besó sin más rodeos. El cubano correspondió con unos besos que parecieron llamaradas, la abrazó con pleno dominio de las circunstancias y tomó la iniciativa como si hubiese entrenado toda la vida para ese momento capital. Ambos sabían que ella se casaría en dos semanas y eso multiplicaba el placer. El cubano, César, la amó con una virulencia, unos bríos, una pericia y una fogosidad que ella no conocía, a pesar de haber tenido no pocos amantes. Rendida, exhausta, habiendo coronado varios momentos de éxtasis que nunca olvidaría y que superaban con largueza el placer sexual que hasta entonces había conocido, Julia comparó al cubano con su novio y de pronto se asustó de pensar que se casaría con un amante correcto pero aburrido, privándose de probar cada tanto a algún amante tan fantástico como ese cubano que acababa de poseerla. No solo era un amante memorable, sino que además poseía una dotación genital de extraordinario tamaño y apostura, que, a los ojos de Julia, empequeñecía el colgajo apenas promedio, o inferior al promedio, de Raúl, su novio, cuyo órgano viril le parecía ahora un pistacho o un maní o una ajada pasa de uva. Tras dormir lo que tenía que dormir, y comprar lo que no tenía que comprar, y entregarse al cubano tantas veces como pudo, y encontrarse caminando con cierta dificultad o escozor por las acometidas bestialmente placenteras del cubano (voy a entrar a la iglesia cojeando, pensó), Julia decidió que se casaría con el fumigador, pero no sería fiel a él, y cada tanto viajaría a Miami para entregarse al cubano. Seré una esposa cachonda y tendré muchos amantes y Raúl será un buen papá de mis hijos y me tiraré a este cubano cada vez que venga a Miami, decidió Julia, y entonces sintió que su sistema nervioso se amansaba o sosegaba.

Julia se casó con Raúl y le juró amor eterno, sintiéndose una embustera o una actriz. La luna de miel los llevó a París y resultó un fiasco porque Raúl tuvo un ataque de diarrea que duró cuatro días. De regreso en la ciudad donde se casaron, reanudaron sus rutinas. Julia ganaba más dinero que su esposo y cada cierto tiempo se inventaba una reunión de negocios o una feria de televisión para viajar sola a Miami y follarse al cubano hasta la extenuación. Raúl continuó fumigando casas y negocios y participando en carreras de motos. En la cama, hacía su mejor esfuerzo, pero, sin advertirlo, dejaba insatisfecha a Julia, quien, al contemplar a Raúl desnudo y evocar las protuberancias guerreras del cubano, se sentía estafada, como si hubiese hecho una pésima inversión y salido perdiendo.

Los niños, sin embargo, trajeron felicidad al matrimonio. Tuvieron dos. En uno de sus viajes, Julia se despidió de su esposo, tomó un taxi y, llegando al aeropuerto, presentó su pasaporte en el mostrador de la aerolínea. La empleada le hizo ver que el pasaporte había expirado. Avergonzada de tamaña torpeza, Julia regresó a casa. El tráfico era infernal, tardó casi dos horas en llegar. Cuando por fin entró, encontró en su cama a Raúl, desnudo, con una mujer también sin ropas, fumando los dos. Julia la reconoció enseguida: la mujer era una prima de Raúl que vivía en Berlín, era escritora y estaba de visita. Julia no dijo una palabra, no hizo una escena de celos, no insultó ni agredió a nadie. Se retiró en silencio, tomó un taxi y se alojó en un hotel con un nombre cambiado. Al día siguiente renovó el pasaporte y se embarcó a Miami. El cubano la esperaba en el aeropuerto con su gran limusina negra. Después de follar con una extraña tristeza, el cubano le dijo que se había enamorado y que iba a casarse y que por eso era mejor que no se acostaran más. Insólitamente, le pidió a Julia que fuera la madrina, pero ella dijo que le parecía una mala idea. El cubano se marchó como si fuera a morir en la guerra, con aire sombrío y gesto circunspecto, y ella rompió a llorar y se enojó consigo misma por haber sido cobarde, por haberse casado con Raúl, que le parecía un pusilánime, y no con el cubano, la pasión amorosa más formidable e incandescente que había conocido.

Derrotada, Julia decidió que perdonaría a Raúl y seguiría viviendo con él y los niños, pero, aprovechando las circunstancias, le diría que serían una pareja libre, abierta, de modo que ella pudiera conseguirse todos los amantes que le dieran la gana. Pensó: Raúl es muy machito para hacer carreras en moto y tirarse a su prima, pero vamos a ver si tiene los cojones de aceptar que quiero tirarme a otro hombre. Pensó luego: no le diré una palabra del cubano, no me conviene que lo sepa. Finalmente tuvo la franqueza de decirse a sí misma: voy a necesitar otro amante, otro cubano bien dotado que me haga llorar de placer como la bestia de César. A continuación, abrió su computadora, compró un billete aéreo para La Habana y reservó un hotel en la playa de Varadero. Que Dios reparta suerte, pensó, como los toreros, a pesar de que era atea.


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