(Perú21)
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Después de doce años recluida en un convento carmelita como monja de clausura, Delfina del Mar despertó súbitamente una madrugada, temblando de frío, con la inquietante certeza de que Dios no existía. Estoy perdiendo mi tiempo en este convento que parece una prisión, pensó. Estoy malgastando mi vida, se dijo. Debo escapar, se atrevió a soñar.

Pero no era fácil escapar de ese convento perdido en los Andes. Delfina había jurado ser monja de clausura hasta el último de sus días. Apenas tenía treinta y cinco años. Se sentía atrapada, angustiada, prisionera. Tenía que huir. Tenía que ser libre. ¿Cómo escapar, cómo decirles a las monjas superioras que se había vuelto atea?

De niña había sido una gran lectora. Como parecía habitar gozosamente en las nubes o levitar, sus padres le hicieron una casita de madera arriba de un árbol. Allí escribía poemas y hablaba con Dios. Porque desde muy temprana edad Delfina había revelado una profunda devoción religiosa. Ya entonces, conmovida por la fe de Delfina, su madre sembró en ella la incierta quimera de que su destino era el de sellar una unión eterna con Dios. Niña pía y soñadora, buena y fantasiosa, Delfina del Mar hizo suya esa quimera.

Sin embargo, tuvo un novio en la universidad católica, donde estudió Literatura y publicó dos poemarios preciosos sobre el mar y las nubes. Borrachín, poeta herido de melancolía, bailarín de salsa, Delfina lo dejó porque descubrió que se iba de putas, después de bailar con ella. En ese momento Delfina se convenció de que su novio era Dios, que Dios nunca la engañaría ni se iría de putas. Sumida en una profunda tristeza, decidió que sería monja, con apenas veintidós años.

Sin decirles nada a sus padres y su hermana menor, viajó doce horas por tierra al sur, a los Andes, al corazón de la nada misma. Era joven, bella, bellísima, la mujer más hermosa que jamás hubiera tocado las puertas de ese convento de monjas carmelitas. Podía parecer una actriz de cine, o una modelo, o una cantante famosa, turbada por el éxito, lisiada por la fama. Escapaba de un mal de amores, pero, sobre todo, de un mundo áspero y desalmado en el que sentía que no calzaba, no encajaba. Era una soñadora, una poeta, una nefelibata, la niña que vivía en su casita del árbol, y no quería vivir una vida chata, ordinaria, vulgar, trabajando, pagando cuentas, adorando al dios pagano del dinero, obligándose a las duplicidades de la cortesía para sobrevivir en ese mundo que no era el suyo.

Cuando sus padres, militantes y benefactores de una cofradía religiosa, el Opus Dei, se enteraron de que Delfina había entrado como novicia en ese convento carmelita, lloraron de emoción y pensaron que la Divina Providencia había obrado un milagro. Para las madres superioras del convento, la llegada de Delfina fue también un milagro, o algo parecido, porque pasaban penurias económicas y se alimentaban a duras penas de las hortalizas que cultivaban en el huerto y los huevos que daban las gallinas, pero, a partir de la aparición de esa novicia angelical, hermosísima, empezaron a llegar todos los meses unas cajas que enviaban los padres de Delfina, en calidad de encomiendas o donaciones, con toda clase de manjares y exquisiteces, y también con sobres de dinero en efectivo, lo que trajo como consecuencia que las monjitas engordasen notoriamente y empezasen a ahorrar, guardando los billetes en los pliegues de sus calzones y sostenes, y riñendo entre ellas y enemistándose porque las superioras no repartían equitativamente el dinero y se quedaban con una parte leonina de él.

Delfina del Mar fue novicia un año y luego juró votos perpetuos de castidad y fidelidad. Sus padres la visitaban tres veces al año. No era fácil llegar al convento, había que manejar dos días por rutas y senderos polvorientos. No podían tocar a su hija, abrazarla ni besarla, solo la veían a través de una rejilla, y apenas media hora. Estaban tan orgullosos de ella que pensaban que era santa y obraba milagros.

El exnovio de la monja, el borrachín, el bailarín afiebrado, el putañero sin remedio, seguía enamorado de ella: le enviaba cartas lujuriosas al convento, con dibujos de las posturas eróticas a las que deseaba rebajar a Sor Juana Inés, misivas que no tenían respuesta; viajaba hasta donde se hallaba confinada Delfina y trataba de verla a través de la rejilla, pero ella se negaba a recibirlo; montaba una carpa en las afueras del convento y pasaba las noches tomando ron, declamando a gritos poemas de amor para Delfina y cantando serenatas para ella. Tanto incordiaba el poeta despechado que la madre superiora, una asturiana gorda, con un bozo que parecía un bigote, el aliento macerado a cebolla, salió una noche del convento, rompiendo sus votos, y atacó a bastonazos al indeseado visitante. Desde entonces, el poeta no volvió más.

Pasaron los años. Delfina del Mar consagró sus mejores horas a rezar, flagelarse, cultivar el huerto, limpiar los baños del convento, humillarse en loor de su Dios. Hasta que una madrugada despertó súbitamente, temblando de frío, con la inquietante certeza de que Dios no existía.

Delfina trazó entonces un plan para escapar del convento. Le escribió una carta a su hermana. Le rogó que hablase con el poeta. Le imploró que todo fuese en secreto. Le pidió que le entregase una nota al poeta. En esa nota le decía al poeta que fuese a rescatarla tal día, a tal hora. Como el poeta era ateo y la amaba, Delfina sabía que podía contar con él. Su hermana cumplió el encargo. Al leer la nota, el poeta renació de una profunda depresión. Comprendió que salvar a su amada era la gran misión de su vida. Achispado, alicorado, llegó a las afueras del convento, tal como Delfina le había rogado. Para escapar, Delfina esperó a que todas las monjas durmiesen, trepó unos árboles, saltó el muro del convento y corrió a los brazos del poeta. Para su sorpresa, él la besó en los labios y la subió a una moto. Vestida con un hábito marrón, Delfina del Mar, la monja atea, subió a la moto, abrazó al poeta y escapó del convento.

Viajaron tres días con sus noches en moto, parando a descansar en moteles de carretera, donde Delfina perdió gozosamente su virginidad y volvió a bañarse en agua caliente, tras doce años duchándose con un hilito de agua helada, y a dormir sobre un colchón, después de tantos años durmiendo sobre un camastro de madera. Llegando a la ciudad, hizo acopio de valor para presentarse en casa de sus padres. Todavía vestida de monja, porque no tenía ropas de civil, les dijo que ya no quería ser monja, que se había vuelto atea y se iría a vivir con el poeta. Su madre se desmayó. Su padre salió a darle una paliza al poeta, pero este huyó en su moto, haciendo una bullaranga estrepitosa.

Resignado a los hechos consumados, el padre de Delfina les compró una casa en una playa al norte, a una hora en avión. Delfina se dedicó a escribir poemas, pero no quiso publicarlos. El poeta escribía poesía como un poseso. Fumaban marihuana. Tuvieron dos hijos que no fueron al colegio y crecieron arrullados por la sabiduría del mar. Fueron felices gracias a la generosidad del señor del Mar, que todos los meses les enviaba cajas con regalos y dinero en efectivo.

Una tarde, bañándose en el mar, despreocupada, risueña, Delfina fue arrastrada por una corriente pérfida y estuvo a punto de morir ahogada. La salvó su hijo mayor, corredor de olas en tabla hawaiana. Tendida sobre la arena, respirando a duras penas, Delfina del Mar dio gracias a Dios y, al hacerlo, descubrió que, a su manera, seguía creyendo en Dios.

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