(Getty Images)
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Muchos analistas y economistas pronosticaban que aumentaría la inflación en EE.UU., Europa y Japón por las grandes emisiones monetarias desde inicio de la década. También se esperaba que la reducción del desempleo se tradujera en mayores salarios y precios. Es simple: a mayor dinero circulando y mayor empleo, más dinero para gastar, lo que lleva a alzas de precios. Pero esto no ha ocurrido, contraviniendo principios básicos de la teoría económica.

Varios economistas indican que gran parte de las emisiones no se ha dirigido al sector real de la economía, sino a los mercados financieros, impulsando el valor de acciones y bonos, el aumento en el valor de bienes raíces y la reducción de tasas de interés, y no la inflación. La baja inflación pese a estas emisiones se explicaría también por cambios estructurales en la economía global, que incluyen nuevas formas de comercialización que reducen el costo de inventarios de las empresas, avances tecnológicos, menores precios de energía, la exportación de industrias a países de menor costo y la inmigración que mitiga incrementos salariales.

Sea cual fuere la explicación, la inflación sigue baja, permitiendo las políticas expansivas de los bancos centrales que han resultado en el ciclo más largo de crecimiento de la economía mundial. Esto da margen a los bancos centrales para no elevar las tasas de interés y continuar el camino actual. ¿Cuánto más lo podrán seguir haciendo? ¿Los cambios estructurales del funcionamiento económico les darán espacios o empezará a aumentar la inflación, obligándolos a subir las tasas de interés, afectando la capacidad de los deudores para pagar y ocasionando una crisis económica como algunos predicen?