(Perú21)
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Cuando la señora Dorita Lerner viuda de Barclays cumplió ochenta años, repartió la mitad de su fortuna entre sus hijos. Ahora se arrepiente de haber sido tan generosa. Temerosos de que viviera hasta los cien años o más, sus hijos la presionaron obstinadamente para que les donase la mitad de su fortuna y ella acabó cediendo, contrariando el consejo de su amigo, el Cardenal, quien le advirtió:

-Si les regalas tanta plata a tus hijos, los vas a convertir en zánganos, en haraganes.

La opinión del Cardenal no era desinteresada: recibía una donación mensual de Dorita y aspiraba a quedarse con una parte de la fortuna. Por eso, los hijos de Dorita odiaban al Cardenal y lo consideraban un enemigo peligroso. Pero el Cardenal jugaba con ventaja: confesaba todas las semanas a Dorita, le oficiaba una misa privada, le daba la comunión y le hablaba en nombre de Dios. El Cardenal, que era del Opus Dei, había caído en desgracia con el Papa, que era jesuita, y necesitaba los dineros de Dorita para asegurarse una jubilación sosegada, muelle, como solían vivir sus cófrades del Opus Dei.

Pero no solo el Cardenal era un parásito de la señora Lerner: la enfermera de Dorita, una mujer humilde llamada Malena, que no había estudiado enfermería sino cosmetología, tenía una endiablada habilidad para sacarle dinero, sin que los hijos de Dorita se enterasen de sus pillerías. Abusando del candor de su paciente, la avezada cosmetóloga le había sacado tanto dinero por lo bajo que había montado un consultorio privado, con máquinas importadas, de última tecnología. El problema con Malena, aparte de que esquilmaba a Dorita, era que la sometía a unos tratamientos invasivos, con inyecciones de células madre, que en dos ocasiones habían dejado a Dorita al borde de la muerte. Los hijos de Dorita habían enviado a la policía al consultorio de Malena, a quien habían amenazado con enjuiciar por negligencia criminal, pero ella no se dejaba arredrar y seguía inyectando las sustancias más riesgosas a su conejillo de indias, la intrépida Dorita Lerner, quien se vanagloriaba de no tenerle miedo a nada, ni siquiera a la muerte.

Increíblemente, para prevenirse de acciones legales contra ella, Malena había convencido a la hija de Dorita, una ludópata perturbada de nombre Carlota, para aplicarle ella misma las inyecciones, sin que tuviese la más pálida idea de cómo hacerlo. Entre risas, chismes y arrebatos pueriles, las tres mujeres se reunían en el consultorio y Carlota le ponía inyecciones a su madre, sin advertir que estaba jugando con su vida. El 24 de diciembre por la mañana Carlota le puso inyecciones de células madre a Dorita y la señora Lerner terminó en la sala de urgencias de una clínica. Lejos de comprender la gravedad de la situación, Dorita salió de la clínica unos días después y, terca, porfiada, siguió atendiéndose con Ma lena, a pesar de los ruegos de sus hijos, quienes le decían:

-La bestia de Malena te va a matar de puro bruta, mamá.

No contenta con los millones que había recibido de su madre cuando esta cumplió ochenta años, Carlota quería sacarle más dinero y la mortificaba día y noche. La codicia de Carlota, que era indesmayable, una planta trepadora que se resistía a morir, la tenía enfrentada a sus hermanos, quienes la acusaban de ladrona y tramposa, de cínica y desvergonzada, de millonaria manirrota e inversionista boba, de insidiosa y cizañera. La guerra familiar contra ella escaló tanto y se impregnó de tantas amenazas y procacidades, de tantos correos envenenados y cartas notariales, que Carlota pasó las navidades encerrada en la habitación de su madre en la clínica, prohibiendo el ingreso de sus hermanos.

¿Por qué Carlota Barclays se había quedado sin dinero? Porque cuando recibió los millones de su madre, se compró tres casas: una en la ciudad, otra en el campo, la tercera en la playa. Todavía insatisfecha, deseosa de una vida regia, principesca, cometió dos errores que le costaron caros: fue convencida de invertir millones en la Bolsa de Valores de la Argentina, cuando la situación económica aún lucía prometedora, en diciembre de 2017. Dos años después, en diciembre de 2019, había perdido el ochenta por ciento de su inversión. El segundo error fue comprarse un avión:

-Estoy harta de las colas en los aeropuertos -afirmó-. Los aviones son un asco, parecen autobuses, van llenos de gente horrible, apestosa. Mi sueño de toda la vida ha sido volar en avión privado ¡y lo voy a cumplir!

Se compró un avión usado que le costó varios millones, sin calcular que el mantenimiento de la aeronave sería muy oneroso: el hangar, el combustible, los pilotos, las revisiones mecánicas, todo aquello sumaba fortunas mensuales que ahora Carlota debía abonar a regañadientes, solo para sentirse una reina que no condescendía a ensuciarse los zapatos en los aeropuertos de la gente común.

Por eso, después de comprar tres casas, y perder una fortuna en la Bolsa argentina, y comprar un avión, Carlota decía que estaba corta de liquidez y urgida de un salvataje financiero por parte de su atribulada madre, quien se había quedado con la mitad de su fortuna, pero ahora se sentía amenazada por su hija, la enfermera, el Cardenal y algunos de sus hijos más dispendiosos y holgazanes, que le suplicaban un dinerito a hurtadillas, “volando por debajo del radar, mamá”. Preocupados porque Carlota invitaba a su madre al avión privado y, a solas las dos, le narraba sus desgracias y le imploraba más dinero, los hermanos de Carlota la amenazaron con enjuiciarla, pero ella contraatacó y los amenazó con dar entrevistas a la televisión y hacer un escándalo truculento, acusando a los hermanos Barclays de haber manipulado a su madre para obligarla a heredarlos en vida.

Recientemente, unos de los hijos de Dorita, el atleta Alfredo, cumplió veinticinco años casado y le pidió a su madre usar su gran casona para dar una fiesta, celebrando el aniversario. Encantada, Dorita le prestó la casa. La fiesta fue a todo trapo. Los vecinos se quejaron por el ruido estruendoso de la música. A pesar de sus protestas acaloradas, tocando el timbre en ropa de dormir, y las visitas de los guardias municipales, exigiendo silencio, el bullicio de aquella música carnavalesca prosiguió hasta el amanecer. Conmovida por el éxito de la fiesta, y porque Alfredo le dijo alicorado que había sido fiel a su esposa Ana los veinticinco años sin interrupciones, Dorita escribió una carta a sus hijos, diciéndoles que Alfredo le había dado una alegría muy grande, un orgullo que nunca había sentido, y que resultaba un ejemplo de buena conducta del que sus hermanos debían aprender. Pocos días después, llegó a la casa de Dorita la notificación de una multa onerosa que debía pagar por los ruidos molestos de la fiesta. Dorita llamó a Alfredo y le pidió que pagase la multa, como correspondía. Alfredo le preguntó:

-¿A nombre de quién está la multa?

-A mi nombre -respondió Dorita.

-Entonces te corresponde pagar la multa, mamá -dijo Alfredo.

Dorita quedó tan consternada y deprimida por la actitud mezquina de su hijo que anunció que se iría un mes a recluirse en la casa de campo de Carlota y someterse a un retiro espiritual, acompañada del Cardenal. También anunció, en un escueto correo a sus hijos, que, a su muerte, todo su patrimonio sería donado al Cardenal y al Opus Dei. Enojado porque el maltrato de Alfredo a su madre había provocado tamaña crisis familiar, uno de los hijos de Dorita, Julián, visitó a Alfredo en su casa, lo insultó a gritos y le dio una furiosa trompada que lo derribó como si fuera un arlequín o un monigote de trapo.

-¡Tu tacañería nos va a costar una fortuna, pelotudo! -le gritó, y se retiró, indignado.


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