(Jorge Cerdan/@photo.gec)
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Como no podía ser de otra manera, la ciudadanía pasó del estupor ante el nombramiento de un ministro como Guido Bellido a la acción directa, es decir, a manifestar su indignación en las calles. La primera medida política de Pedro Castillo al asumir la Presidencia de la República devino inesperada, grotesca demostración pública de sometimiento al dueño del partido Perú Libre.

Con un premier así, la recién inaugurada presidencia de Castillo ni siquiera necesita de enemigos. Bellido y los ministros que lo rodean en ese gabinete, que más parece una Corte de los Milagros con fajín, seguramente se encargarán, ellos mismos, de erosionar desde dentro la poca credibilidad que podría haber alcanzado el profesor. Total, en el partido de Vladimir Cerrón sus cabecillas han repetido una y mil veces que la democracia representativa no es algo que particularmente les importe.

Por eso mismo, será la voz de los patriotas saliendo a las calles, como ocurrió el domingo, casi de manera espontánea, la que tendrá que hacerse oír desde ahí en defensa de los valores y fundamentos democráticos que tanto costó rescatar a principios de este siglo.

Las multitudes que se reunieron en el Campo de Marte no serán seguramente las últimas que veremos marchar en contra de un gobierno al que hoy se ha aupado un partido cuyas únicas credenciales administrativas en los organismos del Estado son las de haber organizado una lucrativa red de tráfico de brevetes, valiéndose de estratégicos cargos públicos en Junín, cuando Cerrón pasó por el Gobierno Regional, antes, desde luego, de ser destituido bajo cargos de corrupción y que luego le significaron una sólida sentencia judicial una vez que los delitos fueron comprobados.

La democracia y todo lo que se ha avanzado en materia económica durante las dos últimas décadas tendrán que ser defendidos en el Congreso, pero también en el llano, como lo han hecho los miles de ciudadanos que ayer salieron a las calles para decirles a Pedro Castillo y a su jefe, Vladimir Cerrón, que en el Perú ya no hay lugar para el totalitarismo ni mucho menos para recetas políticas que atenten contra las libertades esenciales de la ciudadanía y de una modernización de la economía que la hueste cerronista pretende traerse abajo.