César Luna Victora: "En mi infancia, el mercado se hacía en la tienda del chino. El chino se llamaba César, como yo, pero su verdadero nombre debía ser otro".
César Luna Victora: "En mi infancia, el mercado se hacía en la tienda del chino. El chino se llamaba César, como yo, pero su verdadero nombre debía ser otro".

En mi infancia, el mercado se hacía en la tienda del chino. El chino se llamaba César, como yo, pero su verdadero nombre debía ser otro. Silvio, de algún lugar de los Andes, lo ayudaba. Aprendí del castellano de la tienda, con tonos de mandarín y quechua, que había otros idiomas. Una chinita pequeña daba vueltas o saltaba de un costalillo a otro. El dinero se dejaba en un cartón de cigarrillos frente al mostrador. Se vendía a crédito, que se anotaba en un cuaderno de tapa azul.

El fin de semana la tienda hacía también de bar. Los más grandes conversaban fumando y bebiendo lo que la tienda ofrecía. Recuerdo que nunca vi a la pequeña retirar alguna golosina, nunca supe de alguien que hubiera hurtado el dinero a la vista, nunca escuché quejas por errores en las cuentas del cuaderno azul, ni que se dejaran de pagar. Tampoco hubo escándalos de borrachos. Vivíamos frente al parque que fue cancha de deportes, de retretas, de procesiones, el consultorio de grandes conversaciones antes de que existiera psicoanálisis y el altar de los primeros amores. Tuve una bicicleta que duró una eternidad, nadie la robó.

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¿Por qué no tenemos ese mismo universo a nivel nacional? Para explorar respuestas veamos cómo nos ha ido en la epidemia. Entre lo peor están esas compras millonarias de pruebas rápidas y de medicamentos cuando ya habían sido descartados por los organismos especializados; y las propuestas populistas que los congresistas impulsan, engañando la esperanza de muchos porque saben que no van a prosperar, solo para ver si pescan algunos votos más.

Entre lo mejor están las medidas financieras que han permitido, sin leyes ni intervenciones especiales, que los privados vayamos renegociando contratos, reestructurando deudas y ajustando presupuestos para aguantar la recesión que se viene. La diferencia está en la confianza, la que nos dan, la que damos, la que honramos. En el barrio nos conocíamos, nos tolerábamos, nos respetábamos, nos cuidábamos; era la regla básica para vivir mejor juntos.

Regresé al barrio. César y Silvio ya no están, prosperaron y se fueron, pero volvían a recoger alegrías. La tienda sigue igual, ya no fía porque para eso están las tarjetas de crédito, pero la caja que recibe el dinero sigue a la vista de todos, la hija pequeña de turno sigue dando vueltas sin agarrar golosinas y la nueva patota se arremolina para ir a pelotear. Son otros los personajes, pero las sonrisas son las mismas. Fue un tiempo feliz, pero no por la inocencia de la edad, sino por un mundo de confianza que protegía.

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