La boca de la ley. (Getty)
La boca de la ley. (Getty)

Los jueces son los profesionales del derecho que aplican la ley para resolver los conflictos que ante ellos se plantean. No requieren habilidades especiales para cumplir bien su cometido. Ni siquiera un coeficiente intelectual extraordinario.

Es la ventaja de ejercer una profesión que requiere de humildad (uno debe aceptar que puede equivocarse); de discreción, pues afecta derechos de las personas que no tienen por qué propagarse ni comentarse fuera del marco procesal; y de capacidad para expresar en forma escrita y comprensible el proceso mental que implica subsumir los hechos, en el mandato legal y extraer una consecuencia. Al menos en nuestro sistema procesal, el juez, “la boca de la ley”, según Montesquieu, ni siquiera requiere de virtudes oratorias.

Me temo que en el Perú no se tiene esta visión. Me asombra la ligereza con la que magistrados del Tribunal Constitucional se someten a entrevistas para comentar… ¡sus propias decisiones! No sé si es un exceso de vanidad o una nefasta reinterpretación del principio de Montesquieu, que habló de “boca”, pero no de una boca deslenguada.

Es chocante oír al autor de un fallo judicial discutir en televisión el “iter” mental propio y el de sus compañeros, olvidando la esencia de lo que es una sentencia colegiada.

Los fallos judiciales, una vez publicados, no pueden ser sometidos a la frivolidad periodística por los integrantes del Tribunal que los firmó. Es una sinrazón. Porque luego pasa lo que, atónita, vi: o no saben expresarse (los jueces no tenemos por qué tener el don de la oratoria). O, lo que es peor, denigran el sentido jurídico de sus resoluciones, ejerciendo de abogados o de acusadores de sí mismos (o de los otros miembros del Tribunal).

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