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Katya Adaui: La alegría pendular

La escritora Katya Adaui es la nueva columnista de Perú21. Esta es su primera entrega.

Katya Adaui

"En un mundo que exige celeridad y sustitución y descarte, el resultado medible, los escritores elegimos cada vez quedarnos".

"En un mundo que exige celeridad y sustitución y descarte, el resultado medible, los escritores elegimos cada vez quedarnos".

Katya Adaui

Redacción PERÚ21
Redacción PERÚ21

Escribir, como toda alegría, es pendular: un estado que roza la gracia. Extrañas veces, es la gracia. Te tienta, te punza, y a la vez te sobrepasa pidiéndote que desesperes. Que abandones y no vuelvas. Un verbo que podría acompañar la alegría: sostener. En la escritura, ¿qué sería sostener la alegría?

Saber esperar y lograr alguna vez transformar el propio dolor en arte, esos son los dones. Alrededor de ellos hay curiosidad. Ideas sobre la belleza y el vértigo.

En un mundo que exige celeridad y sustitución y descarte, el resultado medible, los escritores elegimos cada vez quedarnos. Quedarnos, pese a todo. Aunque perdidos frente a la vastedad de nuestra intemperie, incómodos, en perpetua extranjería. Aunque nuestros afectos sean inmateriales: autores queridos que no nos conocen, pequeños ritos íntimos, capitulaciones, desamores y pérdidas, recuerdos de viajes nunca hechos, redenciones, reveces de nostalgia y de dudas.

Ante el propio texto, uno comparece. Entregar cuesta. Resistimos apenas, intentando pensar mejor, nombrar lo que no sabemos, entre imaginación y memoria, en un tiempo abolido. Terquedad, decisión de vida, pura voluntad, ensimismamiento. Un elogio de la lentitud. Escribir es todo eso.

Al mismo tiempo, como pasaje y como acto, como artesanía, un oficio, escribir no tiene nada de excepcional. Hebe Uhart, una escritora notable que murió haciendo lo que amaba, decía: “No se nace escritor, se nace bebé”. Bromeaba con las imposturas, con el ego desmedido y perverso, con la falsa superioridad. No hay que tomarse tan en serio.

¿Y si fracasamos? Nada. No pasa absolutamente nada. El mayor entrenamiento de nuestra vida es comenzar de nuevo. Como un fondista que desea rebajar unos segundos a su marca, hacer una pausa, padecer el intervalo, abrazar torpeza y riesgo, e insistir. Retomar desde otro lugar. Quien se compara pierde, solo te equivales a ti mismo. Las imperfecciones hacen bien, el tachado, el remiendo. En cada ruina late una reconstrucción. La vida insiste bajo las piedras. Pienso en el escritor Haroldo Conti y en su manifiesto entre los escombros. Durante la última dictadura argentina lo arrancaron de su casa, lo desaparecieron. Pero en su mesa de trabajo se leía: “Este es mi lugar de combate y de aquí no me voy”.

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