Juego de memoria
Juego de memoria

El domingo la ciudadanía tiene una cita con las urnas. Las decisiones que tomemos determinarán cómo será el periodo de gobierno 2021-2026. Los riesgos identificados en algunas candidaturas (autoritarismo, corrupción, profundización de la desigualdad, irresponsabilidad, confrontación, etc.) pueden esfumarse o volverse realidad cotidiana. Pero la elección no es solo un acto que nos conecta con el futuro, debería también enlazarse con nuestro pasado.

En enero de 2020, la expectativa ciudadana era votar por un Congreso que tuviera una relación constructiva con el Ejecutivo de Martín Vizcarra. Que llevara a cabo un proceso transparente y meritocrático de elección del nuevo Tribunal Constitucional. Y que no cayera en blindajes de autoridades y exautoridades que merecían ser investigadas.

No fue lo que nos dieron. Más bien, recibimos males similares a los del Congreso 2016-2019, con la novedad de una producción en serie de leyes inconstitucionales. El tamaño del chasco es hoy un porcentaje en los sondeos de opinión. Por ejemplo, IEP registró en febrero que la desaprobación del Parlamento alcanzaba el 83%. ¿Fuimos engañados o nos dejamos engañar?

Este domingo ofrece al elector defraudado por las autoridades que no merecían su confianza una oportunidad de reivindicarse. La cercanía de 2020, y que muchas de sus demandas sigan pendientes, sugiere que esta elección puede ser una extraña oportunidad de patear de nuevo el penal fallado. No habría que desaprovecharla.

Mi propuesta es un juego de memoria. Revisemos cómo definimos nuestro voto en 2020. Esto es, ¿qué tomamos en cuenta para optar por alguna candidatura?, ¿cuáles fueron nuestros pasos previos?, ¿qué opiniones nos influenciaron?, ¿nos dejamos llevar por algún prejuicio? Y la pregunta que quizás sea la más importante: ¿estamos haciendo lo mismo en esta elección? Si es así, ¿por qué produciría resultados distintos? El pasado debe ayudarnos a definir el futuro.

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