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Nuestra historia reciente es una plagada de políticos corruptos y organizaciones criminales. Los primeros, como sabemos, se hacen del poder para aprovecharlo en extremo: es un fast track de ascenso social, económico y político. Sin instituciones fuertes, capaces de hacerles frente, los políticos corruptos buscan cualquier puesto con capacidad de uso discriminado de fondos públicos para, desde ahí, hacerse de una bolsa de recursos y de un contingente de operadores políticos y mediáticos. Con ellos, el futuro está casi asegurado. No interesa tu pasado, o lo que se sepa por corrillos: algún partido te abrirá las puertas eventualmente y el cielo es el límite. Si eres lo suficientemente osado, hasta la Presidencia está al alcance de las manos.

Igual ocurre con las organizaciones criminales. La mayoría de ellas, por cierto, están integradas o lideradas por algún político corrupto. No es una regla, pero los ejemplos de estos vasos comunicantes sobran. De nuevo, la ausencia de instituciones honestas hace las cosas tan fáciles que casi no hay espacio libre de estas: corrompen a la policía local con mucha facilidad, perforan las fiscalías y el Poder Judicial, sea por la plata o por la bala, como se dice.

Los ejemplos de Áncash, Chilca y el Callao son solo unos entre las decenas, sino centenas, que hoy viven a vista y paciencia de todos. No solo se necesitan de instituciones débiles y corruptas, sino también de operadores mediáticos y políticos que faciliten la naturalización de estas mafias y organizaciones en la sociedad civil. Un par de almuercitos, unas cuantas galas, un par de donaciones a las instituciones claves y listo, el corrupto de pronto es el mecenas de organismos civiles y se pasea con altanería por donde vaya.

Si las leyes no sirven, si las instituciones no funcionan, si la sociedad los recibe de brazos abiertos, ¿cómo esperamos desincentivar su existencia? Para poner freno a esta inmunda y desgraciada realidad todos tenemos que cambiar; sea por acción o por omisión, todos tenemos que poner el hombro ante este flagelo. Eso, o no nos quejemos cuando el país esté rendido ante ellos.