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Todo peruano que ponga al país por encima de las ambiciones o rencillas personales debería estar esperanzado con la cumbre Pedro P. Kuczynski-Keiko Fujimori. Si de encontrarle tres pies al gato se trata, hay madera para cortar en ambos lados; y claro, no han faltado quienes señalen los mensajes escondidos en las cartas, la menudencia en lo que hasta hace poco parecía improbable.

Exploremos lo importante. ¿Cuáles son los riesgos de la cumbre? El primero, sin duda, es que alguno de los dos lleve consigo las consignas y ambiciones de los sectores ultra a cada lado. Que entre ambos no existe un nivel de confianza mínima o aceptable es una verdad de Perogrullo, pero de eso se trata la política y la diplomacia: de tender puentes de manera estructurada, dar cada paso conscientes de lo que está en juego, y seguir intentándolo por el bien de todos.

El segundo riesgo es que las expectativas de uno de los lados (o de ambos) estén sobredimensionadas. No vayan buscando un acuerdo, menos uno predeterminado. Con que en esta reunión se saluden, se miren a los ojos y establezcan un acercamiento, ya deberíamos todos darnos por bien servidos.

Luego, por supuesto, debe empezar el trabajo fino de ubicar las áreas en común, de forma que se vaya trabajando de lo puntual a lo general.

El tercer riesgo es que cedan ante las amenazas y las predicciones de los extremistas, que los hay y muchos. A cada lado existen atrabiliarios que encuentran en la confrontación una herramienta (sea de ascenso político, limpieza facial y/o oportunidad laboral). Déjenlos chillar y patalear. No esperen que se calmen, porque no va a suceder. Tengan presente, por el contrario, la realidad del país: la economía está al borde de la parálisis, no hay reformas a la vista, queda una buena parte del país por reconstruir, la inseguridad y la corrupción están a flor de piel.

Finalmente, tengan paciencia. Roma no se construyó en un día. Como dicen, alas y buen viento.