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Alejandro Toledo fue un fraude que llegó al poder gracias a la contra ola desatada a la caída del corrupto régimen fujimorista. Alan García, autor de uno de los peores gobiernos democráticos de la historia, volvió al poder como respuesta al miedo que suponía el chavista Ollanta Humala. Y Ollanta Humala llegó al poder como respuesta al miedo que supuso, igualmente, el retorno del fujimorismo. PPK se convirtió en presidente de igual forma, con votos prestados de aquí y allá, una base popular estrecha, y la esperanza del mundo empresarial y tecnocrático.

No sé si notan el patrón: contra olas, miedo, miedo, miedo. El gobierno de Toledo debió sentar las bases de una reestructuración institucional radical; léase, un cambio absoluto de nuestro sistema de partidos, de elección, de representación, de administración de justicia, de administración del Estado y así. Nada de eso fue posible porque ni Toledo entendía el reto histórico que tenía enfrente, ni sus colaboradores pudieron poner sus odios y la sed de revancha a un costado para trabajar en bien del país. De García no podíamos esperar mucho; con que no repita sus ideas ochenteras ya teníamos suficiente. Y de Humala… pues qué decir: su quinquenio quedará registrado como una mezcla de incompetencia, autoritarismo y corrupción.

En estas circunstancias llega Pedro P. Kuczynski a la presidencia en un rush final, atropellando por los palos, sin mucha estrategia, equipo y preparación para gobernar. No él, ojo; si a alguien le sobran los diplomas, las neuronas y el conocimiento es a PPK. Pero a estas alturas queda claro que la promesa ppkausa (una, sobre todo, econotecnocrática), tendrá muchos obstáculos.

Por ello, por favor, pongan de lado su plan de gobierno, sus promesas y enfóquense en lo que prima. En resumen, olvídense de los guarismos, del PBI (a estas alturas no cambia nada si crecemos al 2.6% o al 2.8%). Señores: ¡hagan política! Si pueden hacer alguna reforma institucional, mejor aun. Pero, por el país, preocúpense de lo único importante hoy: po-lí-ti-ca. Eso.