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Impresionante, por decir lo menos, la caída en la popularidad del alcalde de Lima, Luis Castañeda. Más aun si consideramos que hasta hace muy poco tiempo gozaba de una altísima aprobación bajo cualquier parámetro.

Entre enero y diciembre del año pasado, su popularidad promedio fue de 67%, con picos de 78% (febrero). Desde aquel 68% de noviembre, el último pico, digamos, la caída ha sido constante y estrepitosa: a 45% para enero, se mantuvo en 43% en marzo y cae a 28% en abril. Son 40 puntos en 5 meses. Y tan importante como esta caída en la popularidad es el incremento en la desaprobación de su gestión: pasa de 28% en noviembre a 70% en abril. La caída ha sido más importante en Lima Moderna que en los conos, espacios geográficos naturales para el alcalde, pero sobre todo en los jóvenes. Entre los 18 y los 24 años su aprobación baja a un 23% (y registra un sorprendente 76% de desaprobación).

¿Qué ha pasado con el alcalde Castañeda? ¿Perdió ese "efecto teflón" que exhibía con tanta soltura y alegría? Pues parece que sí, que la gente no quiere más promesas, ni quiere un alcalde ausente o esquivo. El 64% de los encuestados considera "pésimo" el desempeño del Sr. Castañeda frente a los desastres naturales. Si le sumamos el 17% que considera regular el mismo, pues 8 de cada 10 limeños no están satisfechos con su actuar y comunicación. No faltan, por supuesto, los atrabiliarios que les echarán la culpa a las encuestadoras o medios por estas cifras. Haría mal el alcalde en escucharlos.

Estas cifras deben llamar a una reflexión, pero sobre todo a un cambio de actitud. El alcalde Castañeda terminó su primera gestión con una altísima popularidad, a tal punto que le permitió tentar la presidencia de la República. Hoy, ese afecto lo ha perdido. A poco más de un año de las elecciones ediles, el alcalde tiene que empezar a pensar en cómo quiere ser recordado.