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"Es importante que América Latina voltee la página", ha dicho el presidente Kuczynski en referencia al caso Odebrecht, y no podríamos estar en mayor desacuerdo.

Es como que un perito de criminalística entre a una habitación y encuentre muertos en los pisos, orificios de bala en las paredes, todo roto, sangre hasta en el techo, y en lugar de tomar fotos, sacar huellas y cerrar el área a terceros diga "límpienlo todo". No, de ninguna manera.

La pregunta, claro, es si las expresiones son un ejercicio voluntario de optimismo ("no volverá a suceder, pasemos la página") o una preferencia por el lado oscuro de las cosas ("mejor pasamos la página, rapidito nomás"). Espero, honestamente, que sea lo primero, pero no faltará quien apunte a lo segundo. Entre "un poquito de contrabando", "un tronchito no es el fin del mundo" y así, pues queda poco espacio para la réplica.

El presidente Kuczynski debe dar muestras claras, concretas y públicas de que no se casará con nadie, o sus gestos y palabras lo terminarán sepultando en el alud de corrupción e inmoralidad que se avecina. Para él, un poquito de contrabando debe ser inaceptable, así como un "troncho" el fin del mundo, y ni qué decir de esta megacorrupción que recién se destapa.

Sorprende, por supuesto, cómo se mantienen tantas personas cuestionadas en puestos clave (viceministros, directores de organismos –como Gisella Orjeda en Concytec–, y funcionarios), a sabiendas de los riesgos que corren. Como dijimos ayer: la corrupción de estos últimos 5 años fue generalizada y orquestada, y no pudo suceder sin un liderazgo y un equipo técnico que le dé vida y permiso de acción.

Latinoamérica y los peruanos en particular no solo no podemos "pasar la página", sino que debemos –por el contrario– tener muy claro el proceso de rendición de cuentas, de justicia y reparación que merecemos por el desfalco masivo de las arcas públicas y la corrupción de nuestros funcionarios, así como aprovechar este caso para sentar las bases institucionales que minimicen recaídas futuras.