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En un reciente artículo publicado en el prestigioso Wall Street Journal sobre la visita del presidente Pedro P. Kuczynski al presidente de la súper potencia norteamericana, Donald Trump, resaltan unas palabras muy especiales del primero. "Creo que debemos abrir las puertas en el mundo, construir puentes, pero no quiero entrar en lo del muro con México", sostuvo nuestro mandatario, para rematar: "Estamos interesados en el libre movimiento de personas legales y enfaticé eso al presidente Trump: preferimos los puentes a los muros".

Desde el punto de vista del desarrollo económico de nuestros pueblos, no hay ninguna duda de que debemos construir puentes antes que muros. Por puentes entendemos cualquier forma de facilitar el libre tránsito y comercio de bienes y servicios entre los países; y por muros, pues cualquier forma que intente restringirlo.

Si de algo sabemos los peruanos, es de las ventajas de los puentes sobre los muros. Nadie, ni el más osado o inmoral puede esquivar las ventajas económicas que hemos percibido todos los peruanos pre y post 1990, cuando decidimos tumbar los muros y construir en cambio puentes. De la mano del incremento comercial vinieron las inversiones extranjeras, la mejora en la productividad y competitividad local, así como el incremento de los ingresos y las mejoras tecnológicas.

Curiosamente, la nota del WSJ la leí en los comentarios que distintas personas hacían a un post publicado por un amigo en su red social. El post original criticaba el poco tiempo destinado por el presidente Trump a la reunión con nuestro mandatario; 12 minutos, al parecer, eran una burla hacia nuestro presidente e, imagino, de pasada hacia el país. Al interior de los comentarios, como suelen ser estos posts políticos, se generó un intenso debate entre quienes criticaban cualquier aspecto de la visita a tierras norteamericanas y aquellos que, por el contrario, veían ciertos hechos a rescatar.

Muros y puentes, puentes y muros, pensaba. Si los peruanos lleváramos esa filosofía, que tanto bien nos hizo en lo económico, al plano político, social y cultural, pues otra historia podríamos estar contando. Sin duda, nuestro ambiente político está entumecido aún por las heridas electorales, las brechas ideológicas y las pasiones que des-atan uno y otro liderazgo político. Muros, muros y más muros. Ante ellos debemos decir, porque mientras no decimos tender y priorizar los puentes, los muros van creando adhesiones, como toda protección; crean espacios de confort ideológico e intelectual, pero que a la larga quiebran las fibras más importantes para una sociedad abierta.

No es una polarización nueva, por cierto, pero sí una que se vuelve cada vez más difícil de soportar. Al menos, en lo que a algunos concierne. Esta polarización se ha trasladado a la vida cotidiana, a las familias, a los centros de trabajo, se escucha en las comidas y se lee en las redes. Hemos construido muros entre nosotros, tantos y tan grandes, que nos olvidamos cómo solía ser antes de ellos.

Claro, dirán muchos, es fácil hablar de tumbar muros y construir puentes, pero por dónde empezamos. Para otros, ni siquiera es un tema en debate: asumen que sus posturas políticas, sociales y culturales son, antes que un tema de decisiones sobre bienes públicos o creencias, un tema de índole moral, donde estar a favor o en contra de una posición es un hecho ético y, por lo tanto, las posiciones con el otro son irreconciliables.

Una sociedad abierta, aquella a la que aspiramos, es una que fomenta el debate, que busca la adopción de ideas por la vía del intercambio, no de la imposición o el bullying; léase, por el uso de puentes, no de muros. Por ello, hay que saludar esta postura del mandatario, y la valentía –sobre todo– para decirlo a quien se cree con el poder de imponer su visión sectaria de las cosas al resto de la humanidad.

Y así como le reconocemos esta postura, apelamos a que use dicha creencia de manera más frecuente. Tienda puentes, Sr. Kuczynski. Así como funcionan en lo económico, también funcionan en lo político. En su caso, no solo se trata de creerlo y decirlo, sino sobre todo de actuar sobre ello. Rodéese de quienes quieran tender puentes, como usted; aléjese de aquellos que ven en los muros políticos una victoria personal, aun a costa del beneficio nacional.

Hacerlo no será fácil; a uno y otro lado del muro desearán que dicha práctica no prospere. Por ello, se requiere un fuerte liderazgo, y nunca hemos necesitado tanto de él como hoy.