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Cuando Ollanta Humala se presentó a la Presidencia de la República en 2006, los peruanos tuvimos acceso a amplia información sobre su persona, sus ideas, su carácter y, sobre todo, su pasado.

Ya por entonces quedaba claro que era un soldado de ideas equivocadas, razón por la cual logró forjar una amistad que le valdría amplios recursos con el chavismo, el gran financista de entonces; también quedó meridianamente claro que su pasado estaba atorado de medias verdades y completas mentiras: el supuesto levantamiento de Locumba, su participación en la base de Madre Mía durante los 90, entre muchas otras historias.

Pero en el 2006 Humala enfrentó a un conocido del establishment, el ex presidente Alan García. Entonces, sus ideas extremistas, el recuerdo aún fresco del ataque en Andahuaylas y otras razones mantuvieron a Humala como una incógnita ante ese círculo político, mediático, académico y social, permitiéndole al ex presidente García ganar por un estrecho margen la segunda vuelta.

Dicho establishment, sin embargo, tiene claro a sus enemigos, y ante Humala o el fujimorismo, pues ni modo. ¿Capitán Carlos? Esos son cuentos. ¿Chavismo? Esos son los macartistas hablando. De Humala tenemos dudas, de Keiko Fujimori tenemos pruebas, ¿recuerdan? En verdad, de quién tenían pruebas, certeza, y lo demás era del padre de la candidata fujimorista, Alberto Fujimori, pero también tenían certezas de Ollanta Humala. Eso no importó entonces, lo cual de por sí ya es malo; lo que es imperdonable es que tampoco les importó cuando Humala llegó a la Presidencia con ese apoyo incondicional y tuerto por interés, menos aún cuando con el nacionalismo llegaron los puestos, las dádivas y, por supuesto, la venganza. ¡Cómo disfrutaron! ¿O ya se olvidaron?

Entonces ahora que vuelve a salir a flote lo que ya sabíamos en el 2006 y en el 2011, de pronto empiezan algunos a ver la luz, a recordar, a sentir dudas, y así. Pero no nos dejemos engañar: aun sabiendo todo ello, harían lo mismo de nuevo, sin cambiar una letra en la historia.