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Que alguien se sienta sorprendido o defraudado por las corruptelas del ex presidente Alejandro Toledo significa que o bien sufre (o sufrió) de algún tipo de sesgo cognitivo (anclaje, percepción selectiva u otra), o bien estaba dispuesto a aceptar un grado de corrupción con tal de ver a sus enemigos ideológicos perseguidos y/o sepultados.

Porque si de alguien teníamos pruebas –antes de llegar al gobierno– de su calidad moral, era él: la negación de su hija Zaraí, el cuento del secuestro y las chicas del Melody, las transferencias al sobrino Coqui, el intento de hacerse de un medio (lo que originó la renuncia en plena campaña de Álvaro Vargas Llosa), en fin… razones sobraban.

Claro, uno puede tamizar la decisión de apoyarlo, a sabiendas de todo ello, tomando en consideración el contexto (la caída del fujimorato). Pero ojo, Toledo salió elegido después de una transición (Valentín Paniagua), con lo cual dicha salida tampoco tiene asidero. Durante su gobierno, y después del mismo, saltaron múltiples alertas de corruptelas, y la coalición que lo llevó al poder siguió muda. Muchos de ellos incluso lo acompañaron en la última campaña, ya con el caso Ecoteva encima.

Lo mismo ocurrió con Ollanta Humala. Llegó al poder protegido por una coalición parecida, a sabiendas de que era torcido (Madre Mía, el escape de Vladimiro Montesinos, el 'Andahuaylazo', entre muchos otros). Una vez más, primó el interés ideológico y político por encima del moral. La elección de Alan García, en el 2006, es otro ejemplo: no había duda sobre quién era el ex mandatario y, sin embargo, se prefirió por encima de Ollanta Humala, el entonces "candidato chavista".

En resumen, al votar por el menos malo estamos aceptando, en mayor o menor agrado, los anticuchos que del sujeto conocemos (y podemos especular). Es otra de las razones por las cuales tenemos que trabajar en mejorar el sistema político (partidos, sistema electoral, representación, entre otros), de tal manera que "el menos malo" no sea, al final, tan malo.