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La tensión en Arequipa por el proyecto minero Tía María sigue escalando y es –para muchos– inexplicable. ¿Por qué un pequeño grupo de autoridades y activistas pueden atrincherarse contra un proyecto que traerá empleos, ingresos por canon y otros beneficios palpables?

Para quienes vivimos en zonas urbanas, sobre todo, los beneficios de un proyecto como Tía María superan largamente los potenciales perjuicios ambientales, la principal amenaza que sustenta las protestas. No es necesario discutir sobre la cosmovisión de aquellos que viven en el campo; basta con entender que existen distintas visiones y creencias sobre la relación entre la naturaleza y las personas que viven en dichas zonas rurales. Con esto no pretendo defender a quienes los azuzan; es, por demás, conocido que detrás de ellos existen móviles políticos, pero que utilizan hábilmente estas creencias para motivar sus protestas.

Como dije, nos es difícil entender el cálculo de costos y beneficios en Islay; no obstante, existen casos similares en las zonas urbanas, específicamente en Lima, y que no somos capaces de entender de igual manera. El caso de la red de telefonía celular y las antenas, por ejemplo. Si en la minería la dicotomía es "agua sí, oro no", en la telefonía ocurre algo parecido: "celulares sí, antenas no". La población urbana ha creado esta fantástica relación entre las antenas celulares y el cáncer (de distintos tipos). No existe, sin embargo, ningún estudio científico que sustente dicha relación; no obstante, en cada distrito encontramos protestas frente a la instalación de las antenas celulares.

Mientras no se instalen las antenas que garanticen el tráfico regular de las comunicaciones, la red móvil seguirá tan lenta como hoy y, ante eventos críticos (sismos, por ejemplo), volverá a colapsar.

En el caso de las redes de telefonía no existen actores buscando rentas políticas detrás, es cierto, pero ello no ha impedido que se retrase la instalación. Las empresas de telefonía pueden hacer más, como informar a la población y a los gobiernos locales, buscar alternativas viables, es verdad, pero ¿qué hacemos con las creencias instaladas en la población?

Juan José Garrido director@peru21.com