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Lo de Venezuela estaba cantado, era un maldito anuncio escrito en luces de neón. Solo un ciego o, lo que es lo mismo, un ideologizado podía negarlo. Pero igual miraron al costado. Qué importaron las rupturas institucionales, que existieron por raudales; qué significaron la toma de los medios, el encierro de los opositores, el silencio ante los asesinatos y las atrocidades, la captura del poder militar y judicial, en fin, todo aquello que ocurre y pasa solo en una dictadura. No. Igual se hicieron los locos, minimizaron los embates, negaban lo evidente.

Hoy, que dieron un paso más, se rasgan las vestiduras y se llenan la boca de democracia. Y claro, como para aligerar la carga, recuerdan el 5 de abril. No podían solo señalar, por una vez, de manera clara y directa a Venezuela como una dictadura. Hubiese sido, por lo menos, esperanzador. Recordar el asalto fujimorista es una manifestación política, y con Venezuela había que hacer un mea culpa. Pero ya vemos, ni para eso nuestra izquierda tiene reflejos democráticos.

Lo de ayer no es el inicio de una dictadura; que lo quieran vender así, mimetizándolo con el 5 de abril, es aprovechar este hecho de manera política. Que no nos confundan.

Y si la preocupación es real, vayamos pensando en soluciones reales. Porque la disolución del Congreso venezolano se parece al 5 de abril, pero será muy distinto. Para empezar, en Perú se disolvió el Congreso y se llamaron a elecciones. En Venezuela el Tribunal Supremo de Justicia señala un desacato de la Asamblea Nacional para ponerlo en pausa y asumir sus responsabilidades "mientras persista la situación". En castellano, esto puede prorrogarse por un buen tiempo. ¿Cuánto? El suficiente para que la dictadura encuentre (si ya no lo tiene pensado) y ponga en práctica el siguiente paso.

Recordemos, además, que los peruanos tenemos una deuda importante con el pueblo venezolano: fue aquí, en Lima, que el gobierno de Ollanta Humala le lavó la cara a Maduro.