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Hasta la semana pasada, la renuncia del ministro Martín Vizcarra, quien también es vicepresidente de la República, se pudo manejar de otra manera; más aún si, como tantas voces sostienen, él tuvo la lucidez de entender la importancia de dicha movida.

El gobierno no sabrá nunca cuánto le costó la censura de Jaime Saavedra (¿8, 9 puntos en total?), pero sí sabe –hoy, después de que se calmaron los vientos– que nada cambió en el sector: entró una nueva ministra, mantuvo los lineamientos generales de la anterior administración y, encima, cambió algunas cosas para mejor (el apoyo de la empresa privada en los COAR, por ejemplo). ¿Valió la pena la pérdida de esos puntos? Claro que no.

Estuve en contra de la censura, pero la renuncia siempre fue la mejor opción para el Ejecutivo. Saavedra no tuvo la grandeza para dar un paso al costado (lo cual podía ser un costo personal, pero no para el gobierno), y ahora vemos las consecuencias.

Hay que proteger al vicepresidente Vizcarra. Es tan claro y tan evidente que me cuesta trabajo entender qué piensan en Palacio. Si quiso renunciar o no, a estas alturas ya no cuenta: invitado al Congreso para una interpelación, pues ahora no queda otra que ir.

Pero (siempre hay un pero) los audios propalados por Mónica Delta el día domingo son un "game-changer", como dicen los gringos. Cambiaron la dinámica del proceso. Hasta el domingo, antes de los audios, la interpelación acababa ahí en un 90% o más. Escuchados los audios, ese porcentaje baja considerablemente. No se escucha ninguna referencia a un acto corrupto, tampoco se soslaya. Pero deja la sensación de que algo hubo, un exceso de voluntarismo, amigos hablando al oído, lo que sea. Algo. Y ese "algo", en un entorno crispado por Odebrecht, donde todos están hipersensibles, pues cambia la dinámica del juego.

Si ayer la renuncia podía estar fuera de la agenda, lo más saludable es que se ponga de nuevo en discusión. Sabemos que el presidente y su entorno empiezan a ver las cosas blanco/negro, pero este tema amerita un profundo análisis y mucha cabeza fría.