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Primero fue la queja sobre el modelo económico. En la línea retórica, las corruptelas de Odebrecht y otras empresas hubiesen sido imposibles sin la desregulación de los mercados, sin la prédica de "achicar" al Estado. La izquierda volvía así a uno de sus cuentos preferidos.

La treta tuvo corta vida: se expusieron las relaciones entre modelo y corrupción, y se identificaron las raíces ideológicas de las corruptelas brasileñas (la visión expansionista del Partido de los Trabajadores).

Luego vino la queja sobre la tecnocracia. Otra vez, la letanía presentaba una hipérbola entre los casos destapados, las empresas y los tecnócratas que avalaron los entuertos para incidir en la inadecuada estructura burocrática post-noventa donde la tecnocracia hizo a un lado al político tradicional para matar dos pájaros de un tiro: por un lado, mejorar la calidad de los entregables y, por otro, reducir las intenciones políticas detrás de las medidas.

Una vez más, la maniobra caía en falta; primero, los casos revelados son una minoría frente al total de obras y servicios producidos a lo largo de los últimos 27 años. Pero segundo, y más importante, ni el tecnócrata ni el político están libres de caer en las garras de los corruptos; la diferencia es, tal vez, la probabilidad con la cual caen.

Ahora se quejan de la tibieza con la cual los defensores del modelo de mercado alertaron sobre el mercantilismo y las posibles corruptelas. ¿En verdad? Si de alertas se trata, durante el quinquenio humalista (donde la lista de corruptelas llenaría la bitácora de un país subsahariano) fueron los medios y analistas "de derecha" los que llamaron una y otra vez la atención sobre las mismas. Más bien, lo que escucharon (escuchamos) fueron excusas de unos y silencio de otros.

Si en verdad queremos cambiar el sistema de incentivos para que estos casos no se repitan, debemos partir por un mínimo de honestidad intelectual. El modelo crea riqueza, y son las instituciones quienes deberían proteger la misma. En eso deberíamos centrar el debate.